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26 sept 2010

Don´t look back in anger

La excusa para que fuera a su casa era juntarnos a estudiar. Ni hacía falta que nos juntáramos, es más, yo ya había rendido bien la materia, y justamente esa era la causa por la que iba a ir a darle una mano con el estudio. Me tomé el 98 y casi una hora después, estaba en un recóndito y desconocido (al menos para mí) lugar de zona sur, intentando localizar mi destino. Una vez ahí, hicimos de todo menos estudiar: salimos a dar una vuelta, compramos un par de cosas y hasta recuerdo que inesperadamente me vacuné contra la rubeola en un puestito sanitario en la calle. Claro, todo era más divertido que estudiar, especialmente para mí que realmente no lo necesitaba…

Lo más divertido de la tarde fue una guerra de agua y jabón que empezó de la nada. Con una esponja, jabón, detergente y un cepillo como armas terminamos inevitablemente enchastrados. Me encantaban esas cosas, y con ella la pasaba siempre bien. La química que había se notaba a distancia (o al menos, eso decían todos los que nos conocían). Teníamos demasiada confianza para lo que realmente éramos: simplemente compañeros de facultad, que sabían que se tenían ganas, pero siempre se postergaba que pasara algo. Quizás ese hecho de que sabíamos que en algún momento iba a pasar, pero ninguno de los dos quería hacerse cargo, lo hacía aún más emocionante y divertido.

Vale decir que el "pequeño detalle" de que ella tenía novio influía bastante en nuestra situación, especialmente considerando lo estructurado que soy y lo mucho que me cuestan esas cosas. Sin embargo, por momentos me olvidaba de eso y me dejaba llevar un poco en la vorágine de esa amistad confusa que ambos sabíamos que tarde o temprano iba a terminar en desastre. En realidad, con el novio tenía una relación rara, donde su situación era una mezcla de “tengo miedo” y “a esta altura, estoy por estar” con una buena dosis de “no puedo estar sola”. Por mi parte, no quería problemas, y era muchísimo más cómodo esperar a que su relación terminara por decantación, para que yo tuviera libertad de hacer lo que quisiera sin culpas, remordimientos ni limitación alguna.

Toda estructura tiene un punto flojo, y toda regla tiene su excepción. Yo no quería engancharme, y mucho menos, siendo consciente de estos detalles. Fue inevitable... en su casa tenía un piano grande, muy lindo. Le pregunté si sabía tocar, y me dijo que sabía muy poco, que había aprendido de chiquita, pero casi ni se acordaba. Obviamente, quise que tocara algo… se resistió un poco, pero al final accedió. Hasta canchereó preguntándome qué quería que tocara, pero yo no tenía muchas pretensiones, simplemente matar mi curiosidad de ver como tocaba. Finalmente eligió ella, “Don´t look back in anger” de Oasis. Ese tema me encanta, y creo que me gusta mucho más después que la escuché tocarlo mientras cantaba.

Quizás si lo veía y escuchaba cualquier otro, diría que no era nada del otro mundo, pero a mí me puso la piel de gallina y me revolvió la panza, al punto tal que me dijo que la acompañara cantando pero ni siquiera podía hablar para decir algo coherente para excusarme. Ahí se cayó toda mi estructura, haciendo la excepción a la regla. En ese momento me di cuenta que esa mina me encantaba más de lo que pensaba, y que iba a ser un dolor de cabeza la situación: en un mes me tocaba irme a Estados Unidos por un largo tiempo, y claro está, también ella tenía novio. Ambas situaciones tenían tiempo de caducidad, y curiosamente, se dieron juntas: ella cortó son su novio en el mismo momento que yo me subía al avión, mientras leía su carta que decía claramente “no leer hasta no estar volando”.



20 sept 2010

Diablita

A veces arranco a contar historias o anécdotas sin arrancar por el principio. De ahora en más, voy a empezar a usar las etiquetas en el blog y empezar a escribir con algo de linealidad en mis relatos, para que de esta forma pueda continuar mis escritos sin hacer posts kilométricos que probablemente espanten a cualquier lector desprevenido. De paso, también voy a empezar a agregar nombres (no reales) como para poder ir siguiendo el hilo de todo. Cualquier similitud con la realidad, no es pura coincidencia. Están avisados…

Voy a arrancar contando el principio del principio (valga la redundancia) de lo último que conté (“manos frías”). Un día como cualquier otro, veo que me agrega una desconocida en facebook, por lo que como hacen casi todos, me puse a chusmear fotos. Lo primero que hacen casi todos los hombres (por más que pocos lo admitan) es ir a las fotos del verano a ver las fotos en malla… sisi, esas fotos donde no hay mucho que esconder. Salvo casos muy atípicos, no suelo aceptar gente que no conozco salvo que tenga gente en común o al menos sepa de su existencia física.

Retomando, me agregó, teniendo dos personas en común (de la facultad). Me bastaron un par de fotos para aceptarla, ya que me parecían muy interesantes… la gran mayoría tenían mucha producción encima, y se notaba que no eran fotos caseras. Es más, hubiera apostado a que eran fotos profesionales en su mayoría. Claramente, esta chica tenía que vivir de algo relacionado con eso, no podía ser un simple hobby. La curiosidad mató al gato. La acepté y la dejé ahí en “stand by” por meses, pasando a ser una más del montón de amigos virtuales de facebook.

Tres meses después, subió fotos nuevas, de alguna producción al azar. Chusmeé así al pasar, y ví que algunas eran en un lugar conocido… ¡Era mi facultad, la gloriosa facultad de derecho de la UBA! Era muy posible que estudiara conmigo, por la gente en común y por las fotos. Por las dudas, no vaya a ser cosa que me estuviera confundiendo de lugar, me puse a mirar más detalladamente las fotos. Detalladamente en serio… ¡al punto tal que descubrí que en una de sus fotos había una chica disfrazada de diablita que se veía muy a lo lejos! Eran fotos en serio, probablemente usadas para alguna publicidad gráfica o similar… ¿Cómo se las podía haber escapado un detalle así? Muy poco serio… Claro, nadie miraba el fondo, sino simplemente las piernas de la fotografiada.

Me animé, y le comenté la foto, contándole mi curioso descubrimiento. Ni siquiera esperaba una respuesta. De todas formas la tuve, y fue mucho más simpática de lo que suponía. Ahora sí que me daba más curiosidad ésta chica… no solamente era linda, sino que además era simpática y hasta me había agregado al facebook por alguna razón. Necesitaba saber un poco más, era inevitable. Así fue como intercambiamos MSN´s y empezamos a hablar. Fue instantáneo. Natubel era un amor. A los dos o tres días, ya moríamos de ganas de vernos.

Nuestro primer encuentro iba a ser simplemente que yo la acompañe al molesto martirio de tramitar el pasaporte, haciéndole realizar los trámites acompañada para que fuera levemente más tolerables. Le encantó la idea, por lo que fuimos a tramitar el pasaporte tal cual lo planeado… esa fue nuestra segunda “salida”. La primera, fue la del McDonald´s del centro, que se alargó hasta la noche donde tenía las manos frías… el resto, es una historia demasiado larga como para contar en este post.

14 sept 2010

Manos frías

Una casualidad fue llevando a la otra, hasta que quedamos en encontrarnos en un McDonald´s sobre una peatonal del microcentro. Ella tenía que hacer tiempo mientras repasaba las líneas de una obra de teatro importante que ensayaba más tarde, yo tenía un hueco en mi mediodía/tarde y andaba por la zona. Llegué a las corridas, saltando los charcos dejados por el día lluvioso. Me esperaba sentada en una mesa, apenas subiendo las escaleras. La ví, e instantáneamente tuve esa sensación de que iba a ser un encuentro muy interesante. El tiempo me hizo ver que esa sensación se quedaba corta…

Recuerdo que ese día tenía unos ojos gigantes, llenos de brillo. Si fuera un poco más ganso, diría que eran como dos luceros que alumbraban mi camino… pero soy solamente un poco ganso, así que me limito a decir que me llamaron muchísimo la atención. Su sonrisa era casi medida, a tal punto que sabía exactamente cómo usarla para comprarse a quien quisiera. Tan medida era, que al rato de hablar me confesó que desde chiquita había pasado horas practicándola frente al espejo, porque de grande quería llegar a ser alguien importante y la sonrisa iba a ser fundamental (y vale decir, que el resultado valía la pena, porque estaba milimétricamente perfeccionada).

La charla se dio como si nos conociéramos hace mucho tiempo, llegando a formar una confianza extrañamente placentera, al punto tal que casi sin siquiera mencionarlo la terminé acompañando hasta la noche. Habíamos pasado horas juntos, pero nos parecía solamente un ratito, quedándonos con ganas de más en todo momento. Era como un vicio, un impulso que no se podía frenar, que se generó velozmente sin buscarlo. Sin darme cuenta, ya era una pequeña parte de su vida, y casi sin quererlo, ella también de la mía. Me encantaba su actitud, las ganas que le ponía a todo, y cómo no disimulaba cuando realmente quería algo. El mediodía lluvioso se había transformado en una noche fría, y ya era hora de volver a casa.

En un momento me toca el brazo, con las manos congeladas, a lo que instintivamente le dije “tenés las manos frías”. Su respuesta simplemente fue “dicen que a manos frías, amor de un día”, mientras me miraba fijamente. Jamás lo había escuchado antes, pero me quedó grabado, vaya uno a saber por qué. Después de saludarla, mientras volvía a casa me quedé pensando en eso de amor de un día… ¿Amor de un día? Qué raro, para mí parecía como que daba para largo. Por suerte, a ella le pareció lo mismo… No me equivoqué.



13 sept 2010

Cruzados

Por momentos se tornaba incómodo andar con ella. Una vez, en un trayecto de veinte cuadras que caminamos juntos, le tocaron bocina cuatro veces, dos autos pasaron excesivamente lento nada más que para mirarla sacando la cabeza por la ventana, una multitud se dio vuelta disimuladamente para apreciarla y hasta un loco incluso tuvo el coraje de venir a decirme "con todo respeto, tu chica es muy linda", mientras me daba la mano como felicitándome. Ella ni se inmutaba... es más, creo que ni debía ser del todo consciente de todo lo que generaba.

Lo curioso del caso, es que andaba de jeans y zapatillas. No tenía un escote pronunciado, ni tacos llamativos, ni pollera corta. Nada. Dicho así, hasta uno podría pensar que era más de un montón, pero no lo era. A su caminata le sobraba elegancia, se movía como si estuviera en un desfile de alta costura, pero con la naturalidad con la que cualquier otra va a comprar el diario a la esquina.

Un día como cualquier otro, estábamos caminando por ahí (con todo lo que eso generaba alrededor) hasta que ví en la distancia una cara conocida. Sí, más que conocida, diría que en algún momento había sido demasiado cercana, por no decir íntima... y venía acompañada. Me vio, la vi. No había más chances de hacernos los tontos, nos vimos al mismo tiempo. Nos cruzamos, pero ni me miró. Yo hice lo mismo... ni un hola, ni un gesto, nada.

Pasó. Momento raro, pero pasó por al lado mío como si no fuera ella la que tiempo atrás me daba besos y abrazos que me dejaban sin aliento. En ese momento, fuimos dos fantasmas, y ni siquiera atiné a mirar para atrás al pasar (ni sé si ella hizo lo mismo tampoco). Segundos después, quién me acompañaba me dijo "¿qué le pasa a esa chica que me miró así? no sé, como con bronca, algo". "Vaya uno a saber..." fueron las palabras que pude decir, y seguí caminando como si nada, esperando el próximo bocinazo mientras a escondidas esbozaba una sonrisita pícara.



14 ago 2010

Dualidades


Sábado a la noche, el mejor día de la semana. Veo a mis amigos, salgo, la paso bien. Conozco gente, tengo anécdotas para contar. Espero conocer alguna mina que me vuele la cabeza, por más que lo ideal no sería conocerla un sábado a la noche sino alguna tarde como por casualidad en un colectivo o en bar de la facultad. Sea como sea, seguro sea una buena noche. Hoy la rompo.

Sábado a la noche. A veces pega un poco melancólico. Me siento raro, me siento solo, me falta algo. Basta Nicolás, sabés que sos lindo, simpático. Sabés que no te falta nada, y si te falta lo hacés de la nada. A veces no alcanza, ya que no sos omnipotente… y dejá de hablarte a vos mismo, porque parecés esquizofrénico. Tengo que salir a cambiarle un poco la cara a la semana, me pongo las pilas. No voy a dejar en banda a los chicos tampoco…

Llegamos. Lugar top, gente de plata, taco aguja y cartera Louis Vuitton. Me siento cómodo, salvo con eso de la cartera Louis Vuitton, no por la cartera en sí, sino por mi puta costumbre de ser detallista, y para colmo, entender esos detalles que cualquier hombre heterosexual no debería. Esto me hace ser distinto, y por eso cuando tengo ganas hago desastres con ellas. Desastres en el buen sentido. Pulserita, VIP, y a jugar. El juego es el mismo de siempre, y por suerte, juego bien.

Llegamos. Lugar careta si los hay. Tanta superficialidad me abruma. Seguro que esa mina que estoy mirando, estuvo toda la semana pensando qué ponerse para lucir lo mucho que se mató comiendo esa lechuguita todos los almuerzos y cenas. No me va. Me hubiera quedado en casa leyendo un buen libro… pero ya estoy acá, y tampoco quiero bajonear la noche. Al menos por mis amigos, le voy a poner un poco de onda a ver qué sale.

Morocha, metro setenta, piernas eternas. Hermosa, pero no me intimida. Está con dos amigas y un amigo, el grupo ideal. Me mando. Le digo a un amigo, guiñando un ojo y canchereando “It´s showtime”, y abro la conversación derrochando confianza. Conozco la mecánica de memoria: arranco hablando con las amigas sobre alguna trivialidad y rápidamente paso a hablar sobre algo interesante. Una vez que tengo su atención, recién ahí empiezo a jugar. Mi objetivo no recibirá casi nada de atención, es más, probablemente sea su amigo con quien más hable. Una vez que pique el anzuelo, sigo.

Morocha, metro setenta, piernas eternas. Una diva, out of my league. Más por los demás que por mí, me mando. Le guiño un ojo a un amigo, y le digo “It´s showtime”, y me mando. Soy un tarado, no sé que me hago el banana diciendo esas cosas y guiñando el ojo, ¿no ves que sos un idiota Nicolás? ¿No ves que aparte de idiota, te seguís hablando a vos mismo? No importa, la morocha jamás lo va a saber, es más, tampoco va a saber que es mi víctima hasta que sea demasiado tarde. Mejor dicho, se va a dar cuenta demasiado tarde de que soy así de idiota.

“¿Viste la pelea recién? Se tiraron de los pelos, fue un desastre. ¿Podés creer que se peleaban por un pelado bajito que no hacía más que reírse de la situación mientras disfrutaba como se arrancaban los mechones?”. Así empezó la conversación, pero podía haber sido cualquier otra. La morocha no entendió nada, pero cuando se dio cuenta de lo que pasaba ya el amigo gay que la acompañaba sabía todo de mí, y su amiga no paraba de hacerle señas como diciendo “mirá que suerte, te tocó lo que esperabas”. Me creo el rey del mundo.

“¿Viste la pelea recién? Bla bla bla”. Siempre lo mismo. Lo hago porque sé exactamente qué me pueden responder, porque lo hice un millón de veces. Es efectivo, es como cuando juego al ajedrez y arranco con una defensa siciliana. Imposible que salga mal, porque ya es mecánico. Al menos, no voy a pasar un papelón frente a mis amigos, la careteo un rato con que le puse onda y me voy a dormir temprano. Curiosamente, la charla se pone interesante. Su amigo gay le pone onda, y sus amigas escuchan atentamente cualquier historia que me ponga a contar. Mierda que hay gente aburrida en este lugar eh…

Para cuando me doy cuenta, ya estoy jugando con todo su grupo de amigas a ver si son mejores amigas al preguntarle si usan el mismo shampoo. Ese tipo de tests a las mujeres les encanta… Es como que ya esquivé varios jugadores, quedé solo frente al arquero y falta definir nada más. La aíslo del grupo, después de miraditas cómplices con las amigas. No puede salir mal, y si sale mal es solamente un juego, no tan diferente de cualquier arcade donde después del “Game Over” ponés una fichita más y seguís jugando otra vez.

De a poco me engancho en la conversación, y cuando me doy cuenta, casi sin quererlo ya estoy donde quería estar. La que era mi objetivo está claramente interesada, por lo que me la llevo a un lugar más aislado. Es súper acartonado este ritual: lo que supuestamente es original, realmente es todo meticulosamente planificado. ¿Dónde quedó mi creatividad y originalidad?. Lo peor del caso es que ni me interesa, soy como el depredador que mata por placer más que por hambre.

Me cuenta su vida, entramos en confianza. La escucho atentamente, me parece interesante. No denota inteligencia… ¡pero qué buena que está! Es perfecta. Más blabla, y me toca a mí. Le cuento un poco de mí, se sorprende. Le gusta lo que escucha, ya la tengo en el bolsillo. Creo tensión sexual, para que sepa que se viene el beso. No digo nada, se da cuenta sola, como tiene que ser. Le miro la boca, me mira. Concreto. Barrilete cósmico…

Me cuenta su vida, es parte del proceso. Modelo y bailarina, recorrió Europa el año pasado y le encantó, está contenta porque mami y papi le van a comprar un auto. Bla. Es interesante pero me aburre, no vine a buscar eso. No me interesa que tenés un cocker que se llama Fido. Tanta superficialidad me abruma. No me gusta la noche, no me gusta estar con una mina solamente porque tiene buenas piernas y carita de ángel. No me alcanza, no soy así, y sin embargo acá estoy de nuevo.  Le quiero dar un beso, le miro la boca y se da.

Tiene mucha onda. En pocas palabras, me calienta. Esa lengua puede hacer cosas increíbles. No es nada excepcional, pero la paso bien. Vaya uno a saber donde están los chicos… espero que no se vayan sin mí, porque por más que me crea el rey del mundo no me iría con ninguna mina, porque haría que pierda toda la magia si realmente me interesa. Lo mejor va a ser sacarle el celu, encontrarnos otro día y conocerla un poco más. Vuelvo, con cara de campeón mundial, a mis amigos. Les cuento todo, haciéndome el banana nuevamente. Ganador, genio. Delirio, carnaval.

No tiene gusto a nada, es como chupar un clavo (o eso imagino, ya que jamás chupé un clavo). La miro, es hermosa. Es inteligente, es simpática… pero tiene gusto a nada, y no sé porqué. Bah, sé porqué, y sabía que iba a tener gusto a nada, pero lo hice igual. Nuevamente caí en el error de pensar que el hecho de sentirme que puedo tener a la mujer que quiero iba a hacerme sentir un poco mejor. No se parece a ella, no habla igual, no tiene su perfume, no tiene esos ojos gigantes que en algún momento me miraban con amor. Me aburro, me excuso y me voy, no sin antes sacarle el teléfono por si quién sabe qué.. Vuelvo con mis amigos, con cara de feliz cumpleaños simulada. Es egoísta de mi parte que el resto piense que ganaste cuando en realidad perdiste, y decirlo no haría más que ser un desagradecido con la vida. No siempre las cosas fueron fáciles, lo sé mejor que nadie… No importa, el mundo por fuera parece color de rosa. Me vuelvo a casa más vacío de lo que salí. ¿Al menos gané algo, no? Peor es nada.



28 jul 2010

Conejo Pepito

Era una situación difícil, pero teníamos que defenderlo. Nos juntamos a tomar algo en el Village Recoleta para ver cuáles serían las estrategias a seguir, pero parecía bastante complicado. Hacía un año que veníamos preparándonos. Todo indicaba que nuestro cliente había sido el asesino, ya que había estado en el lugar del hecho poco antes de que sucediese, y no lograba recordar bien qué había pasado ese día. Lo que sí recordaba era que, casi como en un sueño, había tomado del cuello a la víctima hasta dejarla sin aire y posteriormente salió corriendo.

Se me vino a la mente una historia que había escuchado hace tiempo, que sin dudas compartí con el resto. Todos se rieron, pensando que era poco serio. Era obvio que no daba contarla durante el juicio, pero aún así, me animé a contarla. Las caras de pánico de mis compañeros lo decían todo. La historia era sobre un conejo… sí, un conejo… llamado Pepito. ¿Poco serio? Quizás. Pepito era el conejo favorito de la familia vecina, lo trataban casi como a un hijo. Era blanco como un copo de nieve, y tenía una cara inocente que daban ganas de abrazarlo hasta el cansancio. Mi amigo, en cambio, tenía un perro con bastante mala fama. Su ladrido hacía enojar a todo el barrio, y de vez en cuando se lo veía revolviendo la basura, manchando todo a su paso. Nadie lo quería, salvo él

Un día más del montón, el perro apareció con Pepito ensangrentado en su boca, moviendo la cola como si nada. Su dueño, espantado, sabía que el perro se había mandado una grande. Su mala fama lo condenaba, y esto no lo ayudaba en lo absoluto. En un acto desesperado, agarró el cadáver de Pepito y le sacó todo el barro, la mugre y la sangre minuciosamente. Sin que sus vecinos se dieran cuenta, sigilosamente puso a Pepito en su jaula esperando que nadie se diera cuenta de lo que había hecho su perro.

Pasaron un par de días sin noticias. Posiblemente, los dueños de Pepito pensaban que el pobre conejo había padecido alguna enfermedad terminal que lo había dejado en ese estado. El perro estaba a salvo, pero aún así, la curiosidad lo estaba consumiendo, por lo que no tuvo mejor idea que ir a preguntar por Pepito para asegurarse que efectivamente estaba todo bien. Necesitaba reconfirmar que estaba todo bien, por más que en el fondo sabía cómo eran las cosas. Un hombre con un reloj siempre sabe la hora, pero un hombre con dos relojes nunca puede estar seguro...

El vecino, con cara triste, le dijo que Pepito había fallecido. Hasta acá, no había ninguna noticia nueva, pero lo que contó después le puso la piel de gallina. En su relato, detalló que Pepito había fallecido después de un largo padecimiento cardíaco que todos sabían que era inevitable, pero lo curioso había sido que, después de enterrarlo, algún loco morboso lo había desenterrado, lavado y vuelto a poner en su jaula. No lo podía creer… el desquiciado era él. El perro no tenía nada que ver.

Jamás siquiera había considerado la opción de que su perro, por más mala fama que tuviera, era realmente bueno como él pensaba. Por más que parecía claro que se había mandado una cagada, jamás confió en que podía ser diferente a lo que parecía… en el fondo, el perro era revoltoso, pero jamás había hecho maldades. Desde ese día se decidió por dejar de prejuzgar, y empezar a ver las cosas diferente. La historia era entretenida, pero fue ideal para que la querella y la fiscalía salieran con los tapones de punta a rebatir nuestros argumentos con furia. Mis compañeros me querían matar, pero no me importaba, ya que mi historia “poco seria” había plasmado clarísimamente mi idea. Con nuestro cliente pasaba lo mismo que con el perro y Pepito: él no la había matado, por más que todos los argumentos estaban en su contra. Finalmente, quedó absuelto… ganamos el juicio, y fuimos a festejar, contentos.

5 jul 2010

Te miro, no te miro...

No soy fácil, en general necesito que la gente me demuestre con sus actos que es especial para que yo me sienta cómodo, me libere un poco y me acerque más. Esta quizás es la causa por la cual suelo pensar mucho (a veces demasiado) las cosas, pero sin embargo esta vez, quien sabe por qué, me sentía diferente. El sentimiento era raro, ya que no había hecho más que leerla y sin embargo aún así estaba seguro que me gustaba. Sin darme cuenta se había vuelto una adicción, y desde la primer palabra que cruzamos sentí que necesitaba cada vez un poquitito más.

La llamé. Tenía todas las ganas de verla, para darme cuenta que no estaba tan loco por pensar que una persona que ni conocía podía ser especial. Si, especial, de esas que se cuentan con los dedos de una mano. Propuse encontrarnos en un bar por su barrio, ya que nos quedaba cómodo a ambos, pero ella no estaba tan segura como yo. Supongo que, en el fondo, no se debía sentir tan diferente a mí, y a pesar de la curiosidad y las ganas de vernos también se sentía rara la situación. Finalmente, después de un poco de insistencia bastante atípica en mí, accedió a encontrarnos.

No sabía qué podía esperar, pero sabía que si la charla en persona llegaba a ser la mitad que lo que era por escrito, yo estaba feliz. Llegué puntual donde nos íbamos a encontrar, pero ella iba a llegar un poco tarde. No había problema, hacía días que estaba esperando verla, no me iban a matar unos minutos más o menos. Miré para un costado y la vi venir. Me bastó un segundo reconocerla, e incluso distinguir a la distancia que caminaba con unos tacos considerables. Vaya uno a saber porqué, el impulso pudo más y como si fuera un nene chiquito no pude seguir mirando. Hacía años que no me ponía nervioso la presencia de una mujer…

Como si nada hubiera pasado, la saludé y me puse a hablar como si la conociera de toda la vida. Me di cuenta rápido que era una chica bastante tímida, y para el deleite de mis ojos, parte de su timidez la demostraba sonriendo casi sin interrupción. Si no fuera por el hecho de que tiene una sonrisa que enamora, quizás ni me hubiera dado cuenta de esos detalles, ya que con lo bien que la pasaba probablemente no hubiera tenido ni tiempo de prestarles atención. Imagino que ella también la habrá pasado bien, ya que además de la sonrisa, también se terminó yendo más tarde de lo que pensaba.

La acompañé hasta lo de una amiga y volví contento a casa al darme cuenta que tan loco no estaba, esta chica definitivamente era especial. Lo verdaderamente loco, quizás, era considerarla especial sin siquiera haberle dado un beso. Sabiendo todo esto, no me parece tan irrisorio ponerme nervioso al verla, pero me cuesta admitirlo. Al otro día, me comentó así como al pasar que no la había reconocido al venir. No supe bien qué responder, y desvié un poco el tema, pero creo que jamás hubiera admitido fácilmente que me habían temblado un poco las patitas al verla, y no me quedó otra que mirar para otro lado.

Cuando juego, en los amistosos soy el goleador, con lujos y magia. Me sirve a mí para subir mi ego, y para darle que hablar a mis amigos. Cuando juego en serio, en una final, me pesa la camiseta desde el momento que sé que no es un partido más del montón. En este caso me pasa lo mismo, y soy demasiado orgulloso para admitir que, a veces, todavía me pasan estas cosas. Mejor dicho, soy demasiado orgulloso para admitir que, incluso sin conocerla demasiado, desde el hola ya me tenía en el bolsillo y con ella jamás sentí que jugaba amistoso, y mucho menos hubiera querido tirar un lujo innecesario.

28 jun 2010

Stop the world, I wanna get off

Teléfono. Del otro lado se escuchaba una voz que podía reconocer fácilmente, con la diferencia de que no sonaba como estaba acostumbrado. Se sentía como ahogada y sus palabras estaban más cerca de parecer un llanto que de formar oraciones entendibles. A duras penas podía decodificar algunas palabras, entre las que interpretaba que estaba muy mal y que me necesitaba, urgente. Esa era toda la información que tenía, ya que no podía entender lo que me quería decir y antes de darme cuenta, corta. Pruebo llamarla nuevamente, pero no atiende. No tenía otra forma de contactarla.

Salí corriendo de casa. Literalmente corriendo, ya que era de noche y no tenía tiempo de esperar ningún taxi o colectivo, y esas cerca de veinte cuadras que separaban mi casa de la suya de repente se hacían eternas en la desesperación por llegar lo antes posible. Toqué el timbre, me hicieron pasar sin problemas ya que en esa época pasaba más tiempo ahí que en mi propia casa, pero era la primera vez que llegaba súbitamente de noche y sin aviso. Evidentemente, algo había pasado, pero nadie estaba al tanto. Subo las escaleras para ir a buscarla, ya que suponía que iba a estar en su cuarto, pero en el camino la encuentro tirada en el medio de uno de los pasillos interiores… La imagen era demasiado fuerte como para ser real. No reaccionaba.

La nena se había tomado un cóctel de medicamentos, incluyendo muchos valium. Obviamente, no los había tomado por equivocación. Gritos, preguntas, culpas, llanto… Mucho huevo en la garganta y frases trilladas relacionadas con “vas a estar bien”, pero estaba a la vista que no estaba nada bien (es más, ni siquiera sabíamos si nos escuchaba). No sé cuánto habrá tardado en llegar la ambulancia, pero a mí me parecieron siglos. Lo único que se cruzaba por mi cabeza era desear que no fuera demasiado tarde. Aparentemente, yo no había sido al único a quien ella le había pedido ayuda: un amigo suyo también llegó más o menos cuando vino la ambulancia, y vaya uno a saber a cuanta gente más le habrá pedido sutilmente ayuda también (pero jamás aparecieron).

Hospital. Nadie decía nada, pero las caras de preocupación decían todo. Con el correr de los meses, se había transformado en una parte muy importante de mi vida como para siquiera considerar el hecho de que le pasara algo, pero lo que realmente me aterrorizaba era la idea de perderla. El simple hecho de separarnos por un rato por momentos se tornaba una eternidad, por lo que era impensable la idea de que no estuviera más, para siempre. Por suerte habíamos llegado a tiempo. Parecía que la nena iba a estar bien, lo cual me dejaba levemente más tranquilo. Vaya uno a saber qué hubiera pasado si no hubiera salido de casa a buscarla…

Iba a estar bien. Bien. Bien es relativo a veces. Bien, para el resto, era que pudiera contar la historia después, pero realmente ella no estaba bien. La historia la iba a poder contar, pero los días siguientes no quería siquiera salir de su cuarto salvo ocasiones que lo ameritasen, llegando al punto que más de una vez la madre llegó a llamarme por por teléfono para que la convenciera de salir de su cuarto para comer o bañarse. La carga de ser “la única persona a la que quería ver” era, de repente, una mochila muy pesada de cargar, incluso en el caso de que solamente quisiera llamar la atención. Afortunadamente para ella, la quería demasiado como para no hacerme cargo de lo que necesitaba.

Con el correr de los días, a simple vista uno podía ver sus brazos con pequeñas cicatrices de cortes. Ninguna era considerable o lo suficientemente profunda como para considerarla una herida, pero esos raspones de todas formas eran una clara muestra de su protesta en contra de la vida y su pedido a gritos de atención, que para su suerte, la mayoría de su gente cercana le podíamos brindar. Con un cutter en la cartera siempre listo, no tenía inconvenientes en amenazar con cortarse los brazos si no se hacía o decía lo que ella quería.

Por momentos, el aire de su habitación se hacía impenetrable, era demasiada la tensión para un solo lugar. La nena lentamente dejaba las malas costumbres de lastimarse, para empezar de a poco a estar mejor. Era algo impulsivo y esporádico, algo momentáneo que no se iba a extender en el tiempo (o al menos, eso creía su psicóloga, considerándolo simplemente un “acting out” para desviar la atención de todos hacia ella). Todos pensaban en las secuelas que eso podía acarrearle más adelante, esperando que estuviera bien. Lamentablemente, nadie pensó en las secuelas que podía tener todo esto en mí a futuro, y lo que es aún peor, es el día de hoy que creo que nadie siquiera atinó a preguntármelo... y sin embargo, mucho tiempo después, es el día de hoy que todavía por momentos se siente.

26 jun 2010

Compulsión por tocarnos

No nos importaba nada. De hecho, tan poco nos importaba, que por momentos nos olvidábamos que el amor es ciego, pero no los vecinos. Siempre tuvimos algo especial, eso que es difícil de conseguir con la mayoría de la gente. Algunos lo llaman química, pero esto era algo diferente. Yo prefiero reconocer que más bien era compulsión por tocarnos. Era inevitable que al vernos no pudiéramos parar de hacerlo, sin que nos importara nada más. Besos, abrazos, lo que fuera y donde fuera… lo importante era estar cerca. A veces pasábamos horas y horas haciendo simplemente eso, sin aburrirnos, y siempre queriendo un poquito más, lo que hacía más larga la despedida que terminaba prolongándose por horas cuando realmente se solucionaba con un simple “nos vemos mañana”.

El lugar era lo de menos, lo importante era estar juntos y reconocer que no podíamos despegarnos ni un segundo. Más de una vez perdíamos la noción del tiempo... ¿Ya son las 7 y media? En cinco minutos llega, y nosotros corriendo por toda la casa en busca del pantalón que revoleamos en la cocina y la malparida bombacha que quedó justo en el rincón más alejado de debajo de la cama. Es más, todavía no sé como eso de salir apurados, vos con el pelo revuelto y dos botones sin abrochar, y yo con una media menos, jamás nos delató. Algún día el vicio nos iba a costar caro. Era más fuerte que nosotros, no lo podíamos evitar. El deseo por el contacto físico no entendía razones ni tomaba conciencia de tiempos ni espacios.

Más de una vez hemos hecho locuras por esta adicción que nos teníamos mutuamente. Todavía me acuerdo esa tarde que te pasé a buscar, y me dijiste que el día anterior se había sentado detrás nuestro en el colectivo una chica que trabajaba enfrente tuyo. Nosotros jamás nos dimos cuenta de su presencia, pero claramente ella sí de la nuestra, ya que recordaba con lujo de detalles cómo yo te daba algún beso disimulado en el brazo (ya que claramente no daba chapar cual adolescentes en celo en el medio del bondi) hasta que te lo mordía con fuerza, en esas ganas incontrolables de tocarte y tenerte cerca.

Llanto. Tu reacción solía consistir de una mini escena donde llorabas, siendo el centro de atención mientras el resto de los pasajeros miraban asombrados, hasta que estallabas de risa. Nadie entendía nada, siempre fuiste demasiado buena actriz como para que alguien sospechara lo contrario. Eso sí, la segunda y la tercera ya nadie te creía, pero aún así yo te mordía sin razón y vos repetías el plan. Nos divertíamos a nuestra manera, lo que nos rodeaba no nos afectaba… y creo que tan mal no nos iba, ya que la chica que nos miraba no dudó en decirte después de vernos que envidiaba la relación que teníamos, y que ojalá ella con su novio tuviera al menos un poquito de esa conexión que teníamos nosotros.

Jamás fue perfecto, pero nos entendíamos bien. Vos con tus mambos, yo con los míos… siempre nos la rebuscábamos para que saliera bien. Hemos hecho cada locura que ni siquiera jugando al “yo nunca”, completamente borracho, me animaría a contarle a mis amigos. Por momentos sentía como si nuestros cuerpos hablaran al tocarse, complementándose a la perfección de forma armoniosa, casi al punto de sospechar que te habían hecho exactamente a mi medida en todo sentido. Las conversaciones de nuestros cuerpos eran geniales, pero el único problema que teníamos era que nuestras conversaciones con palabras lamentablemente, con el correr del tiempo, no estaban ni cerca de ser la sombra de lo que nuestros cuerpos se transmitían mutuamente en esos momentos…

25 jun 2010

Helio

Hanta Virus fue el diagnóstico. Con 29 años, casado y con una hija, su futuro prometía algo más que cuatro días de vida. Su esposa, viuda a los 27, tuvo que poner su mayor voluntad para festejar el cumple de tres de la nena. Ya estaba todo arreglado, habían ido juntos hacía un mes a alquilar el pelotero. La fiesta fue un despilfarro de falsa alegría y la chiquita que no paraba de preguntar por el padre. "Está en el cielo, con Dios", le contestaba y se contestaba la mamá. Ahora, siempre que quieren sentirse más cerquita de él, van a la plaza juntas y tiran un globo de helio. Se acuestan a mirar, mientras sube y sube, hasta que desaparece. "Listo mamá, ya lo agarró".

Princesa Scarlatta
http://princesascarlatta.blogspot.com/2009/05/helio.html

24 jun 2010

Red Devil

Red Devil. Así le decían todos, por su color y lo malo que era. En su ambiente era bien conocido. Yo no sabía mucho de él, simplemente que me iba a venir a visitar con varios amigos, todos de nombres raros. Él era el más malo de todos, por más que todos me decían que no debía tenerle miedo. Me acuerdo que nuestro primer encuentro no le dí demasiada importancia, estaba jugando a la Playstation tirado en la cama, como si nada pasara. Todo el mundo estaba pendiente de mi reacción: mamá, papá, mis amigos… ¿Vas a comer, Nico? Obvio que voy a comer, má… no pasa nada, está todo bien, me siento bien. Al final no había sido tan difícil nuestro primer encuentro, me sentía bien en serio. Bien por mí, ya que me iba a tener que acostumbrar porque nos íbamos a tener que ver seguido.

Mamá y papá hablaban pestes de ellos, pero aún así sabían que en el fondo eran buenos, y hasta me recordaban que me iba a hacer bien verlos. Yo desconfiaba un poco, especialmente de Red Devil, ya que en general no daba la cara… dicen por ahí que le tenia miedo a la luz, que era fotosensible, y por eso se mostraba poco y nada en púlico. Yo pensé simplemente que era tímido, que le daba vergüenza todo lo que le hacía a los demás, pero para mí no era tanto problema, ya que seguía tirado en la cama entre Playstation y películas pochocleras.

Se fueron. Seguía bien. ¿Tanta expectativa para nada? ¿Por qué vinieron tantos amigos a visitarme? ¡Estoy bien! Ya pasó, ya se fueron, y cuando vuelvan ya los conozco y sé que no son tan malos, pero de todas formas todos me aconsejaban que me cuidara. Tenían razón, ya que me dejaron un regalo preparado para el día siguiente. Jamás me había sentido tan mal, transpiraba y tenía escalofríos en el cuerpo. Vómitos, nauseas, más vómitos. Hacía pis de todos colores. Ya era demasiado tarde.

Estuve así unos días, hasta que me puse bien. La próxima no iba a ser tan grave, y poco a poco llegaría el día que no los tendría que ver más. Según las malas lenguas, los veía por conveniencia, porque en el fondo me estaban haciendo un gran favor. Cuando me refiero a un gran favor, me refiero a uno grande en serio, de esos que dicen que son de vida o muerte, literalmente hablando. ¿Para tanto? Yo quiero seguir viendo películas, no me jodan, no tengo tiempo ni ganas para amigos por conveniencia y problemas graves. Lamentablemente, eso no lo elegía ni yo ni nadie cercano a mí.

En el fondo yo era bien consciente que era lo mejor para mí, por más que no me gustara, hasta que de repente empezaron a formar parte de mi vida. Sin que me diera cuenta, me alejaron de todo lo que quería: de mis amigos, de cualquier mujer que se acercara, e incluso de la facultad y el trabajo. No me dejaban ver a casi nadie, o como mucho, me dejaban un par de veces por mes, lo que no me gustaba nada. Tenía que aguantar, no quedaba otra.

Entre las muchas maldades que hacía Red Devil, una de las principales era lastimar al corazón… justo a mí, que vengo parche tras parche con el mío, me tenía que tocar tenerlo cerca. Tanto hablaban de él que tuve que empezar a investigar un poco más. Le pregunté a mi amigo google, y me enteré que Red Devil tenía tres amigos más, y uno más venía por las dudas (pero tenía la costumbre de no querer entrar con ellos, siempre llegaba un rato más tarde y no quería entrar por la misma puerta). También había uno más, que hacía poco se había agregado al grupo, y todos hablaban maravillas de él.

Investigando aprendí sus verdaderos nombres, y de lo que eran capaces. Me dio muchísimo miedo saberlo. Me enteré que Red Devil en verdad se llamaba Doxorrubicina, y era completamente tóxico para mi corazón. Era de un color rojo intenso, pero no se veía demasiado ya que venía envuelto en papel de aluminio porque no podía ver la luz hasta que hacía su trabajo. Sus amigos eran Ciclofosfamida, Vincristina y Prednisona, además del nuevo Rituximab (que por suerte vino con ellos). Todos ellos eran parte del cóctel de la muerte.

Entraban directamente en mi sangre, mientras que Metotrexato también los acompañaba por las dudas, pero entraba directamente en mi médula ósea (lo cual no era divertido en absoluto para mí, porque dolía demasiado). Mierda, qué nombres raros, con razón eran tan malos. A pesar que a simple vista me habían dejado sin pelo y me habían hecho ganar cerca de 20kg, por dentro me hacían mucho peor que lo que me hacían por fuera. De a poquito me estaban matando, literalmente, aunque lo peor de la cuestión es que si no me mataban ellos me iba a matar su enemigo Linfoma, popularmente conocido como “Cáncer”.

Cerca de un año duraron nuestros encuentros, entre idas y vueltas, con vómitos y náuseas dentro de mi nueva burbuja de existencia que resultaba ser mi cuarto. Mi vida de repente se tornó solitaria, sin actividades en absoluto, y hasta para salir a comprar el pan tenía que usar barbijo (aunque ni siquiera eso hacía). Sentirme mal era la regla, no la excepción. Vivía cansado. Cada segundo que podía disfrutar chateando o mirando la tele sin preocuparme por lo mal que me sentía se agradecía. Cada minuto que sobrevivía era una razón más para seguir adelante, incluso sabiendo que el pronóstico era muy poco alentador como para andar festejando esas pequeñeces.

Después de pelear mucho, Red Devil y su banda (que preferían ser llamados simplemente "quimioterapia) se salieron con la suya, corriendo a patadas a la innombrable lacra que me había hecho pasar por todo esto. Pobre, él no pensaba que por más que los doctores me habían dicho que mis probabilidades de supervivencia de ahí a unos años eran ínfimas, yo me iba a poner los guantes y salir al ring por más que era posible que perdiera por knock-out. La pelea fue durísima, perdí un par de dientes, ojo negro y ceja cortada.

La contienda se hizo eterna y duró más de lo que pensaba, pero lo importante era ganar, y cada encuentro con ellos estaba un poco más cerca de lograrlo.. Sin ellos no hubiera podido subir al ring siquiera, pero en definitiva, el que tira los golpes soy yo. Ellos eran simplemente mis guantes, y los guantes no pelean solos. No me quedaba otra que salir a ganar… cuando se trata de vida o muerte, así como cuando se trata de amor, todo vale.

22 jun 2010

Caminando de la mano

Podía sonar cruel, pero se lo tenía que decir. Tranquilamente podía haberme hecho el tonto y disfrutar, pero no, tuve que hablar. Le dije claramente que tenía un problema con llevar a las chicas de la mano, salvo que realmente me gustara o que la relación estuviera a otro nivel. Decir esto, seguido de no llevar a la chica en cuestión de la mano, es como decir indirectamente “no me importás lo suficiente”. Se lo dije igual. Ella no hizo demasiado problema, ya que al fin y al cabo, yo era simplemente su distracción en la facultad, por lo que no entrar en el selecto grupo de chicas que tienen esos beneficios no era algo importante en su mente, y con el tiempo lo fue olvidando.

Después de muchas idas y vueltas, no dio para más (si es que en algún momento dio para algo), por lo que simplemente nos limitamos a seguir cursando juntos y saludarnos educadamente cada vez que nos veíamos. Era una materia nueva, ella tenía su nuevo grupo de amigos y yo el mío, aunque aún así siempre nos sentábamos rebuscadamente al alcance del otro. A pesar de toda la histeria, en el fondo nos queríamos cerca (pero no tanto, ya que sino la hubiera llevado de la mano en algún momento), pero ya era tiempo para mí de buscar nuevos horizontes ya que eso no daba para más.

Rubia, simpática, querible… nueva. Era tan simple y común que eso la hacía diferente al resto. La nueva compañerita me gustaba, y por suerte, no compartíamos el curso con la vieja. Era ideal para despejarme, con ella tenía todas las de ganar. El único detalle en contra era que su novio probablemente no estaría tan de acuerdo conmigo. Le fui totalmente sincero, y le conté que hasta hacía poco me gustaba otra chica de la facultad, pero ya no pasaba nada. No hizo ningún problema (ni pienso que hubiera sido tan caradura de hacerlo sabiendo que tenía novio). Era el crimen perfecto…

La nueva me gustaba. Aún así, mi manía contra el tema de ir de la manito era más fuerte. Se lo dije sinceramente, y le causó gracia pero lo aceptó tranquilamente, finalmente accediendo a ir a comer algo después de la facultad. No buscábamos demasiado en la salida, simplemente teníamos como objetivo conocernos un poco más. La pasamos bien, recorrimos las ferias de Plaza Francia y volvimos a la facultad. No sé porqué volvimos, quizás simplemente porque realmente a mí me encanta. Esas escaleras eternas con gigantes columnas imponentes hacen que vuelva siempre con una sonrisa en la cara, aunque, claro, esta vez estaba con ella, y decidimos hacernos los aventureros en el intento de subir por el pastito de la colinita empinada del costado en vez de por donde corresponde.

Había llovido el día anterior y patinaba bastante, lo que daba aún más adrenalina a la mini-odisea que nos proponíamos cumplir. Siempre me encantó disfrutar estas pavadas, y más si es acompañado. Tomamos impulso… ¡uno, dos, y arriba!. Arriba yo, porque ella se quedó abajo. Entre risas, me dijo que hiciera una excepción y la ayudara a subir. Claramente, a caballito no la iba a alzar, por lo que no me quedaba otra que subirla de la mano. Lo pensé un poco, y sabiendo bien el contexto de la situación, no había problema. Mi problema no era ir de la mano en sí, sino todo lo que eso representa en mi cabeza.

La subida venía bien, sin mayores sobresaltos (ni que debiera haberlos, todos sabemos que es una pavada esto que nos proponíamos). A lo lejos escucho unas risas conocidas: la vieja y sus amigas no tenían nada más interesante que hacer que pasear por la facultad en el turno que no cursaban, y observar como el idiota de su compañero intentaba subir por el pastito… acompañado por una chica… ¡y de la mano!. No estaba haciendo nada fuera de lugar, no tenía que rendirle cuentas a nadie, pero instintivamente solté a la nueva que casi se pega un porrazo de aquellos. Era tarde, la vieja me había visto, y la nueva refunfuñaba debido a que casi le sale cara la odisea, todo por mi culpa.

Al otro día, la vieja me mató a preguntas sobre quién era la chica, y por qué ibamos de la mano. La historia era poco creíble, pero era auténtica. Jamás me creyó, era obvio para ella que la historia de la manito era inventada, o bien que la nueva era lo suficientemente importante en mi vida como para ser la excepción que ella jamás llegó a ser. La nueva, en cambio, me preguntó enojada por qué la había soltado, y también le conté la verdad. En realidad, la había soltado simplemente por instinto y sin pensar al momento de ver a la otra, así como cuando alguien se quema saca la mano del fuego. No me creyó tampoco, ni valoró mi sinceridad.

Uno de mis peores defectos es que con estas cosas no puedo mentir, ya que no puedo soportar que alguien me diga “me mentiste” cuando se dan cuenta debido a esa estúpida necesidad que tengo de hacer las cosas bien para quedarme siempre tranquilo mentalmente. Yo sé que hice las cosas bien, por más que suene armado lo que cuento. Que se jodan. Quizás las siga viendo, no importa, pero que se jodan… ahora no hay mano para ninguna de las dos.

21 jun 2010

Corazón delator

Feriado. Parciales. Justo el apunte que el profesor dijo que teníamos que prestar especial atención, mágicamente desaparece. Revuelvo el placard sin éxito. Pregunto a ver si mamá lo vio (porque en casa, mamá es omnisciente, sabe todo y si no lo sabe lo inventa). Nada. No puede ser. En algún lado tiene que estar… ¿Qué hace esto acá? Lo que menos quería era encontrarlo. Estaba en paz. Lo guardo, es demasiado fuerte mirarlo, me trae malos recuerdos. Me cuesta soltarlo, pero lo pongo en una bolsa, y a continuación la pongo en una caja. Listo, no va a volver. Sigo.

No tengo los apuntes todavía. ¿Dónde estarán? No sé, y ni siquiera me puedo concentrar en pensar donde están porque eso ya me cambió el humor. Nico, ¿te acordás cuando…? Sí, me acuerdo, pero basta. ¿Dónde están los apuntes? Ya está, no se puede así. Siento que me está llamando desde la caja. Voy a estudiar, tengo que estudiar... pero no puedo. Odio que esté ahí, odio tener que esconderlo, odio no poder ni mirarlo, pero especialmente odio que te represente tan bien. No estudio más, ya fue.

Me llama. Mentira, no me llama nada, no habla. Estoy loco, siento que me llama. Lo voy a buscar, saco la caja, abro la bolsa. Sigue ahí. Le grito, le pido que pare, pero es inútil... ni que una cosa inanimada fuera a escucharme, ya que tiene el mismo efecto que gritarle al control de la Playstation cuando el cuadrado no me hace caso al patear en el winning eleven. Guardo la caja, pero le pongo más cosas alrededor. Debería alcanzar, ¿no?. Bien sé que no.

Sigue ahí. Estoy paranoico. No puedo más. Me siento como si mi situación fuera una representación de “El corazón delator” de Poe. No puedo más, basta. Lo agarro, lo miro. Me acuerdo más cosas, por más que me hago el que no me interesa. Sonrío, recuerdo más, se siente bien. Nada, lindo nada, también me recuerda un montón de otras cosas más que pensé que tenía enterradas y cerradas. Basta. Agarro la caja, salgo de mi cuarto, necesito tomar aire.

Pienso qué decirle. Lo saco, lo miro y le digo que deje de torturarme. No hace nada… aparte me delira, me gasta, ya que no reacciona. Sé que no puedo esperar mucho más, no es su culpa, la culpa es de todo lo que representa. Ataque de ira, lo revoleo bien lejos para que no vuelva más. ¡Andá a torturar a algún vecino ahora! Para él seguro sos algo sin importancia, por más que para mí tengas un significado especial. Ya está, se fue. Debería poder estar en paz ahora. En qué estaba… ¿Los apuntes? Ya ni me acuerdo lo que buscaba, no quiero ni puedo estudiar. Me cagó el día… ¿pero quién me quita la sonrisa que tuve por unos segundos por esos recuerdos?