Pongámonos en situación: una gacela en África intenta no ser comida
por leopardos. Sabiendo que el felino es
mucho más rápido, lo lógico sería que las gacelas que lleguen a reproducirse
fueran las más rápidas, y que a largo plazo, fueran incluso más rápidas que los
leopardos. Lamentablemente, esto no es realmente así. La gacela solamente
necesita ser más rápida que las demás gacelas, no que los leopardos. Hay una vieja historia de un filósofo y su
amigo, a quiénes estaba corriendo un oso. El amigo le dice “esto no es bueno,
jamás vas a poder correr más rápido que el oso”. El filósofo le responde “no
hace falta, solamente tengo que correr más rápido que tú”. La idea es la misma.
Con los seres humanos, pasa algo parecido. El busto de la mujer es un claro
ejemplo de algo que no le aporta nada a la supervivencia, objetivamente
hablando, pero que sin embargo terminó ganando la lucha de los genes que llegan
a reproducirse.
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27 dic 2012
Natural selection
25 dic 2012
White rabbit
Mi conejo blanco es viajar por el mundo.
Sólo sé que salgo de mi casa, me subo a un avión y vuelvo diferente. Cuánto más
exótico sea el viaje, en general, más cosas descubro. Sigo al conejo blanco,
entro en el país de las maravillas y retorno a la realidad, aunque no tal cual
me fui. Me faltan unos días más nada más… y ya estoy escuchando por dentro una
vocecita que me dice “no llego, qué tarde estoy llegando… no llego”.
26 nov 2012
Danza de la lluvia
Hay gente que cree lo que realmente está esperando creer. Los indios creían que la danza de la lluvia funcionaba porque no dejaban de bailar hasta que, finalmente, llovía. Por ahí se pasaban ocho meses bailando y cuando finalmente llovía estaban convencidos de que lo habían logrado gracias a su danza. Si bailaban y aún no llovía, era porque "no bailaban lo suficientemente bien, o con las ganas que deberían". Así, la respuesta era siempre: si llueve, es por la danza... si no llueve, es que no estamos bailando bien. Sea como sea, el razonamiento lógico hacía depender a la lluvia directamente de la danza. Hay tanta pavada dando vueltas que a veces nos terminamos confundiendo y creemos en dichos populares tales como "al que madruga Dios lo ayuda" sin tener en cuenta que hay otro que dice "no por mucho madrugar amanece más temprano". Pensemos un poco, gente.
2 jul 2011
La paradoja de Abilene
El viaje es caluroso, polvoriento y largo. Cuando llegan a una cafetería, la comida es mala y vuelven agotados después de cuatro horas.
Uno de ellos, con mala intención, dice: «¿Fue un gran viaje, no?». La suegra responde que, de hecho, hubiera preferido quedarse en casa, pero decidió seguirlos sólo porque los otros tres estaban muy entusiasmados. El marido dice: «No me sorprende. Sólo fui para satisfacer al resto de ustedes». La mujer dice: «Sólo fui para que estuviesen felices. Tendría que estar loca para desear salir con el calor que hace». El suegro después refiere que lo había sugerido únicamente porque le pareció que los demás podrían estar aburridos.
El grupo se queda perplejo por haber decidido hacer en común un viaje que nadie entre ellos quería hacer. Cada cual hubiera preferido estar sentado cómodamente, pero no lo admitieron entonces, cuando todavía tenían tiempo para disfrutar de la tarde.”
Curiosamente, la dinámica de grupos puede ser muy interesante, tal cual pasa en este caso. La paradoja de Abilene ilustra perfectamente como se dan a veces las relaciones sociales. Mucha gente, sabiendo que esto no es un juego que se juegue individualmente, presupone el pensamiento ajeno y termina actuando en consecuencia. No es poco común escuchar comentarios al pasar de gente que dice “mmm, me parece que esta mina cero onda conmigo, así que le mando un mensajito yo primero diciéndole que no me interesa para no quedar como un boludo”. Una estupidez, bah... te interesa la mina, y le mandás un mensaje diciéndole que no te interesa.
Mal… la gente hace cosas que van en contra de sus propios deseos, solamente por pensar lo que los demás quieren o piensan en referencia al mismo tema. No es tan difícil de prevenir, ya que se puede solucionar simplemente teniendo una comunicación fluida, sincera, y teniendo la seguridad suficiente en uno mismo como para no desesperar ante una respuesta que no es lo que esperamos, o bien que consideramos puede esconder algún mensaje entre líneas.
Cada día que pasa más me doy cuenta que lo que tengo que buscar es mi felicidad, nada más, y hacer lo que yo creo mejor. No me interesa demasiado lo que piensen los demás, ni lo que esperen de mí. Eso es su problema, no el mío. Incluso cuando sé que tengo todas las de perder, voy a intentar hacer lo que me parece lo mejor para mí, sin llegar al extremo de ser egoísta o perder la empatía. Sino, ya me veo que en breve estoy preguntándole a alguien si vamos a Abilene, y me termina respondiendo que sí… porque si le pregunto, supone que yo me muero de ganas de ir… y no, ni cerca.
29 jun 2011
Through the looking glass
Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa.
-Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
-¡Pues claro que sí! -convino la Reina-. Y, ¿cómo si no?
-Bueno, lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante, cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte...
-¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.
(Lewis Carrol, “Through the Looking-Glass, and What Alice Found There”)
Para quienes no tuvieron la suerte de leer la secuela de “Alicia en el país de las maravillas”, los pongo en situación. La obra básicamente trata de un gran juego de ajedrez (así como su predecesora, tenía como uno de los ejes de la historia a los naipes). En su loca aventura, Alicia se encuentra encerrada dentro de una loca partida, y entre otros personajes, encuentra a la Reina Roja. La misma, emulando las acciones de una reina en el ajedrez, se podía mover muy de prisa y en cualquier dirección. El problema radicaba en que, por mucho que se moviera, jamás podía salir del tablero… es por eso que Alicia no lograba entender cómo, aún moviéndose deprisa, parecía estar siempre en el mismo lugar.
En definitiva, es como si la reina siempre jugara con handicap: para poder permanecer donde está, debe correr a gran velocidad. Por más frustrante que parezca, todo el esfuerzo solamente la dejará en el mismo lugar. Creo que aún peor es el hecho de que no depende del todo de ella misma el poder avanzar, ya que hay otros factores que necesariamente la influyen pero quedan fuera de su control. Lamentablemente, la situación de la Reina Roja que debe moverse deprisa solamente que para poder mantener su propio lugar es una analogía para muchos casos de la vida, incluyendo al amor.
Cuando una persona conoce a alguien interesante, es fundamental poder mantener el estímulo y generar permanentemente nuevas situaciones para poder, al menos, conservar lo que uno tiene. Uno no se puede dormir en los laureles con lo hecho previamente, ya que cuando uno no progresa, está quedándose quieto mientras el mundo a su alrededor se mueve. Es aún peor el hecho de que puede haber otra persona que, buscando a ese mismo alguien, esté moviéndose a paso veloz para seguir avanzando. Tarde o temprano, si uno se estanca mientras otro progresa, indirectamente queda relegado… lo cual es muy común que le pase a relaciones donde faltan emociones y estímulos nuevos, mientras aparece un tercero con hambre de gloria dispuesto a dejar todo para demostrar que hay un mundo menos monótono simplemente abriendo los ojos.
Por mi parte, voy a hacer como la Reina Roja y me voy a seguir moviendo, por más que avance lentamente. Sé que vale la pena, y sé que muchos otros seguramente se cansaron de correr para terminar siempre en el mismo lugar. También tengo clarísimo que no siempre depende de mí, que a veces el tablero es limitado y el resto de las piezas también se mueven esperando comerse a sus oponentes. No me preocupa, puedo fantasear y vivir en un país de las maravillas como Alicia, y jugar una partida a mi medida. No me asusta lo extraordinario.
Jaque… te toca mover a vos ahora.
-Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
-¡Pues claro que sí! -convino la Reina-. Y, ¿cómo si no?
-Bueno, lo que es en mi país -aclaró Alicia, jadeando aún bastante, cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte...
-¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.
(Lewis Carrol, “Through the Looking-Glass, and What Alice Found There”)
Para quienes no tuvieron la suerte de leer la secuela de “Alicia en el país de las maravillas”, los pongo en situación. La obra básicamente trata de un gran juego de ajedrez (así como su predecesora, tenía como uno de los ejes de la historia a los naipes). En su loca aventura, Alicia se encuentra encerrada dentro de una loca partida, y entre otros personajes, encuentra a la Reina Roja. La misma, emulando las acciones de una reina en el ajedrez, se podía mover muy de prisa y en cualquier dirección. El problema radicaba en que, por mucho que se moviera, jamás podía salir del tablero… es por eso que Alicia no lograba entender cómo, aún moviéndose deprisa, parecía estar siempre en el mismo lugar.
En definitiva, es como si la reina siempre jugara con handicap: para poder permanecer donde está, debe correr a gran velocidad. Por más frustrante que parezca, todo el esfuerzo solamente la dejará en el mismo lugar. Creo que aún peor es el hecho de que no depende del todo de ella misma el poder avanzar, ya que hay otros factores que necesariamente la influyen pero quedan fuera de su control. Lamentablemente, la situación de la Reina Roja que debe moverse deprisa solamente que para poder mantener su propio lugar es una analogía para muchos casos de la vida, incluyendo al amor.
Cuando una persona conoce a alguien interesante, es fundamental poder mantener el estímulo y generar permanentemente nuevas situaciones para poder, al menos, conservar lo que uno tiene. Uno no se puede dormir en los laureles con lo hecho previamente, ya que cuando uno no progresa, está quedándose quieto mientras el mundo a su alrededor se mueve. Es aún peor el hecho de que puede haber otra persona que, buscando a ese mismo alguien, esté moviéndose a paso veloz para seguir avanzando. Tarde o temprano, si uno se estanca mientras otro progresa, indirectamente queda relegado… lo cual es muy común que le pase a relaciones donde faltan emociones y estímulos nuevos, mientras aparece un tercero con hambre de gloria dispuesto a dejar todo para demostrar que hay un mundo menos monótono simplemente abriendo los ojos.
Por mi parte, voy a hacer como la Reina Roja y me voy a seguir moviendo, por más que avance lentamente. Sé que vale la pena, y sé que muchos otros seguramente se cansaron de correr para terminar siempre en el mismo lugar. También tengo clarísimo que no siempre depende de mí, que a veces el tablero es limitado y el resto de las piezas también se mueven esperando comerse a sus oponentes. No me preocupa, puedo fantasear y vivir en un país de las maravillas como Alicia, y jugar una partida a mi medida. No me asusta lo extraordinario.
Jaque… te toca mover a vos ahora.
30 may 2011
El elefante y la estaca
Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante, que, como mas tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba sus patas
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenia cinco o seis años, yo todavía confiaba el la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imagine que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…
(Jorge Bucay)
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenia cinco o seis años, yo todavía confiaba el la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imagine que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…
(Jorge Bucay)
25 oct 2010
Uccidi a Beatrice, Dante
Dante Alighieri fue un gran poeta, que incluso al día de hoy, es impactante leer. En algunas de sus obras más importantes como “La Divina Comedia” o “Vida Nueva” no solamente es capaz de deleitar a cualquier lector sino que, además, también cuenta muchos de su vida. Además de ser un gran poeta y escritor, Dante también fue un amante empedernido. A la tierna edad de 9 años conoció a Beatrice Pontinari, de quien se enamoró perdidamente, sin condicionamientos. Curiosamente, este amor fue más bien unilateral… pero Dante, contra viento y marea, juró y perjuró su amor por Beatrice, incluso, dedicándole muchos de los mejores versos jamás escritos a una mujer, y que incluso hoy cerca de setecientos años después, se siguen leyendo en todos los idiomas.
Tal fue la importancia de Beatrice que fue casi la razón de su vida… pero lamentablemente, no solamente jamás pudo corresponder su amor, sino que además desgracidamente Beatrice falleció a los 25 años. Al año siguiente, Dante se casó con otra mujer, con quien tuvo cuatro hijos… pero eso no quitaría que, incluso decenas de años después, su amor siguiera siendo Beatrice. Incondicional. Eso era Dante… y quizás para más de una mujer, un romántico incurable, ese tipo ideal para agarrar y no soltar más. Beatrice evidentemente no pensaba lo mismo. Ni siquiera “La Divina Comedia” escrita para ella pudo hacer que la situación cambie.
Dante tiene que matar a Beatrice. Sí, leyeron bien. La tiene que matar, de una vez por todas. No puede ser que le siga jorobando la existencia muchísimos años después de haber dejado de existir en su vida. De hecho, en algún punto, ni siquiera se podría decir que alguna vez realmente “existió” en su vida, más que en su imaginario que derrochaba amor a granel mientras a Beatrice le daba igual. Ojalá se hubiera enamorado en serio de otra, especialmente, de su esposa y madre de sus hijos… pero lamentablemente, si así hubiera sido, jamás hubiéramos tenido “Divina Comedia”, ni mucho menos, estaríamos pensando en él y sus cosas. No es tan fácil matar a Beatrice… pero quizás, sólo quizás, si la mataba realmente (en su mente) hubiera sido mucho más feliz.
Tal fue la importancia de Beatrice que fue casi la razón de su vida… pero lamentablemente, no solamente jamás pudo corresponder su amor, sino que además desgracidamente Beatrice falleció a los 25 años. Al año siguiente, Dante se casó con otra mujer, con quien tuvo cuatro hijos… pero eso no quitaría que, incluso decenas de años después, su amor siguiera siendo Beatrice. Incondicional. Eso era Dante… y quizás para más de una mujer, un romántico incurable, ese tipo ideal para agarrar y no soltar más. Beatrice evidentemente no pensaba lo mismo. Ni siquiera “La Divina Comedia” escrita para ella pudo hacer que la situación cambie.
Dante tiene que matar a Beatrice. Sí, leyeron bien. La tiene que matar, de una vez por todas. No puede ser que le siga jorobando la existencia muchísimos años después de haber dejado de existir en su vida. De hecho, en algún punto, ni siquiera se podría decir que alguna vez realmente “existió” en su vida, más que en su imaginario que derrochaba amor a granel mientras a Beatrice le daba igual. Ojalá se hubiera enamorado en serio de otra, especialmente, de su esposa y madre de sus hijos… pero lamentablemente, si así hubiera sido, jamás hubiéramos tenido “Divina Comedia”, ni mucho menos, estaríamos pensando en él y sus cosas. No es tan fácil matar a Beatrice… pero quizás, sólo quizás, si la mataba realmente (en su mente) hubiera sido mucho más feliz.
24 ago 2010
De paradigmas, monos y tragos de boliche
Muchas veces, uno hace las cosas por costumbre, o simplemente porque siempre se hizo de esa forma, sin ponerse a pensar un poco en la causa, el desencadenador o la esencia que lleva a que uno actúe así. Siempre es más fácil hacer las cosas como un robot que ponerse a buscar el objetivo final a lo que hacemos, y si los medios que usamos para alcanzarlo son los más aptos. Al escribir estas palabras aparece gratamente en mi mente una historia interesante sobre un experimento psicológico que tuve la grata suerte de releer en el libro de Adrián Paenza “Matemática, ¿estas ahí?”.
Leído con una mente abierta y objetiva, es un claro ejemplo de la realidad que a veces encontramos en nuestra vida diaria sin darnos cuenta. A partir de este llamado al pensamiento abstracto - y aclarando que cualquier error, falta, omisión, defecto o supresión de virtud que vislumbren en ustedes mismos a partir de esta nota es de tácita inclusión e incumbencia de quien escribe -, los invito a seguir leyendo:
"Un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula. En el centro de la misma, colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cada vez que un mono intentaba subir la escalera para agarrar las frutas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de cierto lapso de tiempo, cuando un mono pretendía subirse a la escalera, sus pares lo molían a palos.
Pasado algún tiempo más, ningún mono siquiera soñaba con treparse a la escalera, a pesar de la constante tentación de las bananas. En esa instancia, los científicos sustituyeron a uno de los monos. Por supuesto, por simple reflejo, lo primero que intentó el animal “nuevo” fue subir la escalera. Resultado esperable: de inmediato fue bajado y convenientemente surtido por los otros cuatro. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no volvió a intentar trepar.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. Lo mismo ocurrió con el cuarto, hasta que el único que quedaba de la inicial camada de cinco monos abandonó la jaula también.
Los científicos estudiaron el comportamiento del nuevo grupo de animales que, aún cuando nunca habían recibido un baño de agua helada, continuaban golpeando con saña a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible hacer hablar a algunos de los monos, y se le preguntara acerca del motivo por el cual castigaban al que intentara subir la escalera, con certeza la respuesta habría de ser algo como: «No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí...»" ¿Les resulta reconocible la circunstancia?
Esta historia es claramente otra metáfora de lo que pasa en la vida cotidiana. ¿Alguno se puso a pensar, por ejemplo, en lo estúpido que suena invitarle un trago a una mujer para levantársela? No conozco a nadie (literalmente) que alguna vez se haya levantado a una mina por invitarle un trago, o al menos, no que esa haya sido la principal causa de su éxito. Si se la levantan es siempre por otros atributos fuera de la “generosidad” de la invitación, o por méritos varios, pero no por invitar el trago.
El simple hecho de pagarle un trago trago a una extraña con ese objetivo denota, más bien, un comportamiento lamentable donde se intenta casi sobornar a la otra persona. Es más: pensar en esa situación hace que se me haga casi inevitable relacionarlo con la prostitución… ¿qué mujer, en su sano juicio, intercambiaría favores a cambio de un trago? Si la respuesta es ninguna, sería lógica. Si la respuesta es alguna, en ese caso le recomendaría a quien le invita el trago que vaya a un cabaret, porque entre entrada al boliche, invitaciones varias de trago y pernocte en un hotelucho de mala muerte termina costando más que una mujer que trabaja por la noche.
Vale agregar, además, que el porcentaje de éxito de invitarle un trago a alguien es casi nula, porque nos hace ver casi desesperados mostrando como única cualidad visible que invitamos el trago porque nos hace falta algo ya que con nosotros mismos no alcanza. Invitar un trago es decir, indirectamente, “hey, no veas todo esto que soy y no vale la pena, te invito este trago mejor”. Cualquier mujer decente, no dudaría en preguntarse que, siendo extraños, no es racional que alguien esté invitándole un trago sin sentido, salvo por la convención social que dicta que si se hace de esa forma hay un interés sexual de parte de quién lo ofrece. Sin embargo, definitivamente, no tiene razón de ser.
Teniendo en cuenta estos puntos, de todas formas nadie se detiene a pensalo, y cada vez que salgo veo como hombres sin demasiado criterio invitan un trago y piensan que si la mujer acepta tienen medio juego ganado, y hasta es casi la obligación de ellas después de la aceptación el hecho de concretar algo más. Wrong again. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Probablemente, al final de la noche se vuelvan solos a su casa y con la billetera muchísimo más flaca, y sin embargo, no se preguntarán por qué no funcionó su táctica que repiten hasta el cansancio todos los fines de semana.
PD: Cualquier similitud de estos hombres con los monos de la historia, es mera coincidencia.
Leído con una mente abierta y objetiva, es un claro ejemplo de la realidad que a veces encontramos en nuestra vida diaria sin darnos cuenta. A partir de este llamado al pensamiento abstracto - y aclarando que cualquier error, falta, omisión, defecto o supresión de virtud que vislumbren en ustedes mismos a partir de esta nota es de tácita inclusión e incumbencia de quien escribe -, los invito a seguir leyendo:
"Un grupo de científicos encerró a cinco monos en una jaula. En el centro de la misma, colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cada vez que un mono intentaba subir la escalera para agarrar las frutas, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Después de cierto lapso de tiempo, cuando un mono pretendía subirse a la escalera, sus pares lo molían a palos.
Pasado algún tiempo más, ningún mono siquiera soñaba con treparse a la escalera, a pesar de la constante tentación de las bananas. En esa instancia, los científicos sustituyeron a uno de los monos. Por supuesto, por simple reflejo, lo primero que intentó el animal “nuevo” fue subir la escalera. Resultado esperable: de inmediato fue bajado y convenientemente surtido por los otros cuatro. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo ya no volvió a intentar trepar.
Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercero fue cambiado, y se repitió el hecho. Lo mismo ocurrió con el cuarto, hasta que el único que quedaba de la inicial camada de cinco monos abandonó la jaula también.
Los científicos estudiaron el comportamiento del nuevo grupo de animales que, aún cuando nunca habían recibido un baño de agua helada, continuaban golpeando con saña a aquel que intentase llegar a las bananas. Si fuese posible hacer hablar a algunos de los monos, y se le preguntara acerca del motivo por el cual castigaban al que intentara subir la escalera, con certeza la respuesta habría de ser algo como: «No sé, las cosas siempre se han hecho así aquí...»" ¿Les resulta reconocible la circunstancia?
Esta historia es claramente otra metáfora de lo que pasa en la vida cotidiana. ¿Alguno se puso a pensar, por ejemplo, en lo estúpido que suena invitarle un trago a una mujer para levantársela? No conozco a nadie (literalmente) que alguna vez se haya levantado a una mina por invitarle un trago, o al menos, no que esa haya sido la principal causa de su éxito. Si se la levantan es siempre por otros atributos fuera de la “generosidad” de la invitación, o por méritos varios, pero no por invitar el trago.
El simple hecho de pagarle un trago trago a una extraña con ese objetivo denota, más bien, un comportamiento lamentable donde se intenta casi sobornar a la otra persona. Es más: pensar en esa situación hace que se me haga casi inevitable relacionarlo con la prostitución… ¿qué mujer, en su sano juicio, intercambiaría favores a cambio de un trago? Si la respuesta es ninguna, sería lógica. Si la respuesta es alguna, en ese caso le recomendaría a quien le invita el trago que vaya a un cabaret, porque entre entrada al boliche, invitaciones varias de trago y pernocte en un hotelucho de mala muerte termina costando más que una mujer que trabaja por la noche.
Vale agregar, además, que el porcentaje de éxito de invitarle un trago a alguien es casi nula, porque nos hace ver casi desesperados mostrando como única cualidad visible que invitamos el trago porque nos hace falta algo ya que con nosotros mismos no alcanza. Invitar un trago es decir, indirectamente, “hey, no veas todo esto que soy y no vale la pena, te invito este trago mejor”. Cualquier mujer decente, no dudaría en preguntarse que, siendo extraños, no es racional que alguien esté invitándole un trago sin sentido, salvo por la convención social que dicta que si se hace de esa forma hay un interés sexual de parte de quién lo ofrece. Sin embargo, definitivamente, no tiene razón de ser.
Teniendo en cuenta estos puntos, de todas formas nadie se detiene a pensalo, y cada vez que salgo veo como hombres sin demasiado criterio invitan un trago y piensan que si la mujer acepta tienen medio juego ganado, y hasta es casi la obligación de ellas después de la aceptación el hecho de concretar algo más. Wrong again. No tiene nada que ver una cosa con la otra. Probablemente, al final de la noche se vuelvan solos a su casa y con la billetera muchísimo más flaca, y sin embargo, no se preguntarán por qué no funcionó su táctica que repiten hasta el cansancio todos los fines de semana.
PD: Cualquier similitud de estos hombres con los monos de la historia, es mera coincidencia.
7 jul 2010
Living a movie
A veces no entiendo lo que venden las películas que buena parte de las mujeres adora. Mejor dicho, entiendo pero no me gusta. En casi todas, hay un momento rondando la mitad en el que está todo bien, hasta que llega un quiebre y todo se pone un poco más dramático. El galancete o príncipe azul de turno, en ese momento, contra viento y marea, arregla todo mientras ella corre contenta a darle un abrazo, un beso y recordarle lo mucho que lo ama.
Uno a veces se piensa que puede vivir una película, que todo en la vida tiene que ser emoción y euforia. Esas ganas de vivir una película por momentos nos hacen llegar al punto donde un buen momento, tranquilo, estable y feliz pasa a ser molesto o incluso incómodo. Esas situaciones, sin darnos cuenta, nos llevan a autoboicotearnos para tener algún problema que resolver o algún drama que vivir, porque lo más lindo de todo es el momento que viene después del drama.
Las películas buscan que nuestra vida sea una montaña rusa emocional. Cuando la montaña rusa va tranquila y sin vueltas, no tenemos miedo pero en el fondo sabemos que queremos un poco de adrenalina, que obtenemos en las subidas y bajadas bruscas. Las subidas y bajadas bruscas dan miedo, pero uno en el fondo sabe que no hay peligro, es parte del juego. Eso pasa en las películas nada más, porque en la vida real subirse a una montaña rusa emocional puede costar demasiado caro.
Siempre que haya un problema, incluso provocado inconscientemente, en mi caso siempre busco la solución. Sea cual sea el drama, me calzo el traje azul y me doy vuelta al mundo en globo en su búsqueda. Después de una odisea, llego y la espero bajo una lluvia torrencial sin paraguas. En las pelis nunca falla, así que no puede salir mal, es el momento justo donde ella sale con cara de sorpresa, súper feliz, y me da un beso apasionado bajo la lluvia. Lo hace el actor, y es un romántico… lo hago yo, y soy un salame.
Mi caso es distinto. "Ah, sos vos... ¿qué pasa?". Sin beso, sin abrazo apasionado bajo la lluvia, sin siquiera un “estás mojado, mirá como llueve… ¿querés pasar?”. No sé para qué me pongo el traje azul, es evidente que me queda grande. Quizás me queda bien, pero pareciera que lo uso para aparentar... flaco, ya te recorriste el mundo en globo, ¿hacía falta caer vestido de azul y con cara de feliz cumpleaños también? Nono, definitivamente algo raro hay, y si no lo hay con la sospecha alcanza. Es fija: tengo que dejar de mirar películas, y especialmente, pensar que puedo vivir como si estuviera dentro de una.
Uno a veces se piensa que puede vivir una película, que todo en la vida tiene que ser emoción y euforia. Esas ganas de vivir una película por momentos nos hacen llegar al punto donde un buen momento, tranquilo, estable y feliz pasa a ser molesto o incluso incómodo. Esas situaciones, sin darnos cuenta, nos llevan a autoboicotearnos para tener algún problema que resolver o algún drama que vivir, porque lo más lindo de todo es el momento que viene después del drama.
Las películas buscan que nuestra vida sea una montaña rusa emocional. Cuando la montaña rusa va tranquila y sin vueltas, no tenemos miedo pero en el fondo sabemos que queremos un poco de adrenalina, que obtenemos en las subidas y bajadas bruscas. Las subidas y bajadas bruscas dan miedo, pero uno en el fondo sabe que no hay peligro, es parte del juego. Eso pasa en las películas nada más, porque en la vida real subirse a una montaña rusa emocional puede costar demasiado caro.
Siempre que haya un problema, incluso provocado inconscientemente, en mi caso siempre busco la solución. Sea cual sea el drama, me calzo el traje azul y me doy vuelta al mundo en globo en su búsqueda. Después de una odisea, llego y la espero bajo una lluvia torrencial sin paraguas. En las pelis nunca falla, así que no puede salir mal, es el momento justo donde ella sale con cara de sorpresa, súper feliz, y me da un beso apasionado bajo la lluvia. Lo hace el actor, y es un romántico… lo hago yo, y soy un salame.
Mi caso es distinto. "Ah, sos vos... ¿qué pasa?". Sin beso, sin abrazo apasionado bajo la lluvia, sin siquiera un “estás mojado, mirá como llueve… ¿querés pasar?”. No sé para qué me pongo el traje azul, es evidente que me queda grande. Quizás me queda bien, pero pareciera que lo uso para aparentar... flaco, ya te recorriste el mundo en globo, ¿hacía falta caer vestido de azul y con cara de feliz cumpleaños también? Nono, definitivamente algo raro hay, y si no lo hay con la sospecha alcanza. Es fija: tengo que dejar de mirar películas, y especialmente, pensar que puedo vivir como si estuviera dentro de una.
27 jun 2010
De sapos y príncipes
Les encanta el drama, admitámoslo. Son histéricas. Incluso cuando uno hace las cosas bien, ellas le encuentran algún defecto. Piensan que, si realmente nos interesa y nos preocupamos, lo hacemos de compromiso porque queremos ponerla. Si nos alejamos, somos unos desconsiderados y mentirosos, porque si tanto la queríamos no nos alejaríamos tan fácil y tan rápido. ¿Tan rápido se nos fue el amor? Seguro éramos un mentiroso más del montón… Si decimos que las queremos, es más que posible que se lo digamos a todas. ¿Qué las hace ser especiales para nosotros? Se lo preguntan un par de veces, y es motivo de sospecha. Ninguna piensa haber hecho nada como para merecer eso, cuando en realidad, los te quiero no son por merecimiento, simplemente se sienten y no se explican. A pesar de que lo que digamos sea sincero, más de una vez no ven eso sino que buscan la estrategia en lo que decimos.
Algunas hasta están seguras que esa amiga cercana, o esa mina que nosotros decimos que no nos interesa, debe ser nuestro garch´n´go o bien en el fondo nos interesa más de lo que le contamos (porque sí, a veces somos tan pelotudos que incluso les contamos esas cosas). La otra posiblemente es más linda, más flaca, más alta, más atrevida o desinhibida... y si no lo ven así, lo imaginan. Se contentan pensando que seguramente es un gato, una mina fácil, entregada… pero incluso en ese caso, su autoestima las hace pensar que son mejores que ellas a nuestros ojos, y cuando les decimos cosas lindas a ellas no somos del todo sinceros.
La mayoría de las mujeres se cruzó en su vida con un tarado que alguna vez les mintió, que les dibujó una cosa cuando realmente era otra, y las lastimó demasiado. Pasar por eso las hace reticentes a pensar que un hombre cualquiera pueda decir las cosas sinceramente, sin demasiada vuelta, sin significado oculto, sin peros, sin objetivos en concreto. Más de un buen pibe paga los platos rotos de los demás, sin protestar. Las mujeres son mucho más complejas que los hombres, les encanta dar mensajes ambiguos. El hombre es un poco más simple (y pelotudo), pero la mujer intenta entendernos desde su perspectiva, y no les cierra.
Sacando esos salames que se cruzaron en sus vidas, algunos de nosotros no le regalamos un “te quiero” a cualquiera, pero más de una no se cree merecedora de esas palabras. La vida a veces es más fácil de lo que la entendemos, y si va todo bien, es porque realmente va todo bien. Bien no necesariamente es perfecto. Algunos príncipes se confunden el traje a veces, y en vez de azul se visten de otros colores… es un detalle nada más, pero no, ellas siempre piensan que es otro sapo disfrazado. Es más fácil protestar porque hay muchos sapos, que besar sapos hasta encontrar al príncipe.
La mejor forma de obtener resultados diferentes, es simplemente hacer las cosas de forma diferente. Suena tonto y hasta redundante, pero cuando uno hace lo mismo de siempre, no puede esperar resultados que no sean más de lo obtuvieron hasta ese momento. Probar algo nuevo y confiar, no es más de lo mismo y por eso da miedo… Les cuesta entender que no todos pensamos con la cabeza de abajo, y que incluso si una mina linda nos tiene ganas podemos no interesarnos… es más, el hecho de tener opciones justamente puede hacer que más de uno tienda a elegir mejor, haciendo aún más especial recibir alguna palabra que la haga sentir diferente al resto. Jamás se sienten diferentes. Jamás se creen tampoco que nosotros podemos ser diferentes. Cuando les toca uno diferente tienen miedo, y después salen a gritar a viva voz que somos todos iguales…
Algunas hasta están seguras que esa amiga cercana, o esa mina que nosotros decimos que no nos interesa, debe ser nuestro garch´n´go o bien en el fondo nos interesa más de lo que le contamos (porque sí, a veces somos tan pelotudos que incluso les contamos esas cosas). La otra posiblemente es más linda, más flaca, más alta, más atrevida o desinhibida... y si no lo ven así, lo imaginan. Se contentan pensando que seguramente es un gato, una mina fácil, entregada… pero incluso en ese caso, su autoestima las hace pensar que son mejores que ellas a nuestros ojos, y cuando les decimos cosas lindas a ellas no somos del todo sinceros.
La mayoría de las mujeres se cruzó en su vida con un tarado que alguna vez les mintió, que les dibujó una cosa cuando realmente era otra, y las lastimó demasiado. Pasar por eso las hace reticentes a pensar que un hombre cualquiera pueda decir las cosas sinceramente, sin demasiada vuelta, sin significado oculto, sin peros, sin objetivos en concreto. Más de un buen pibe paga los platos rotos de los demás, sin protestar. Las mujeres son mucho más complejas que los hombres, les encanta dar mensajes ambiguos. El hombre es un poco más simple (y pelotudo), pero la mujer intenta entendernos desde su perspectiva, y no les cierra.
Sacando esos salames que se cruzaron en sus vidas, algunos de nosotros no le regalamos un “te quiero” a cualquiera, pero más de una no se cree merecedora de esas palabras. La vida a veces es más fácil de lo que la entendemos, y si va todo bien, es porque realmente va todo bien. Bien no necesariamente es perfecto. Algunos príncipes se confunden el traje a veces, y en vez de azul se visten de otros colores… es un detalle nada más, pero no, ellas siempre piensan que es otro sapo disfrazado. Es más fácil protestar porque hay muchos sapos, que besar sapos hasta encontrar al príncipe.
La mejor forma de obtener resultados diferentes, es simplemente hacer las cosas de forma diferente. Suena tonto y hasta redundante, pero cuando uno hace lo mismo de siempre, no puede esperar resultados que no sean más de lo obtuvieron hasta ese momento. Probar algo nuevo y confiar, no es más de lo mismo y por eso da miedo… Les cuesta entender que no todos pensamos con la cabeza de abajo, y que incluso si una mina linda nos tiene ganas podemos no interesarnos… es más, el hecho de tener opciones justamente puede hacer que más de uno tienda a elegir mejor, haciendo aún más especial recibir alguna palabra que la haga sentir diferente al resto. Jamás se sienten diferentes. Jamás se creen tampoco que nosotros podemos ser diferentes. Cuando les toca uno diferente tienen miedo, y después salen a gritar a viva voz que somos todos iguales…
25 jun 2010
Helio
Hanta Virus fue el diagnóstico. Con 29 años, casado y con una hija, su futuro prometía algo más que cuatro días de vida. Su esposa, viuda a los 27, tuvo que poner su mayor voluntad para festejar el cumple de tres de la nena. Ya estaba todo arreglado, habían ido juntos hacía un mes a alquilar el pelotero. La fiesta fue un despilfarro de falsa alegría y la chiquita que no paraba de preguntar por el padre. "Está en el cielo, con Dios", le contestaba y se contestaba la mamá. Ahora, siempre que quieren sentirse más cerquita de él, van a la plaza juntas y tiran un globo de helio. Se acuestan a mirar, mientras sube y sube, hasta que desaparece. "Listo mamá, ya lo agarró".
Princesa Scarlatta
http://princesascarlatta.blogspot.com/2009/05/helio.html
Princesa Scarlatta
http://princesascarlatta.blogspot.com/2009/05/helio.html
18 jun 2010
El dilema del puercoespín
Los puercoespines son animales muy particulares. A pesar de su aspecto inofensivo, están capacitados de defenderse muy bien si se sienten intimidados, ya que sus filosas púas pueden lastimar fácilmente todo lo que las toca. Lamentablemente para ellos, también son animales sociables y buscan tener compañía, por momentos olvidando lo peligrosos que pueden ser para el resto.
Hace un tiempo, leí una analogía de las relaciones interpersonales de los humanos, planteando el dilema que tienen los erizos al pasar frío. En esta situación, instintivamente, buscan acercarse al resto para darse calor mutuamente, pero olvidan que también al hacerlo pueden lastimar a los demás (o salir lastimados ellos mismos, claro). Sus opciones son limitadas: pueden pasar frío, lejos de los demás pero sin ser lastimados, o bien pueden intentar acercarse buscando calor a riesgo de terminar lastimados. Pase lo que pase, el erizo se queda con un sabor agridulce, ya que no tiene ni una cosa ni la otra.
No me gustan esas situaciones. Odio los dilemas. Básicamente, no puedo aceptar que pueda haber un problema donde ninguna de las opciones de las que dispongo me satisfaga. Cuando llego a tener este tipo de problemas no sé qué hacer, ya que la estructura de mi mente perfeccionista no se lleva bien con un problema no resuelto, y muchísimo menos, con uno por resolver donde las soluciones no me gustan. Me la juego, yo quiero calor sin lastimarme… después veo cómo me curo, pero frío no me gusta pasar. Prefiero haber intentado pasar calor, que morirme de frío y con la duda.
Muchas veces, llegar a conocer a una persona se trata de esto. Todos queremos calor en algún punto, pero nadie quiere salir lastimado, por lo que lo mejor es no acercarse. Pensamos las cosas mil veces. Si en algún descuido algún erizo valiente se ofrece a hacernos compañía, lo pensamos dos veces, porque ya tuvimos frío antes y nos lastimaron. El nuevo erizo parece bueno, y hasta aparenta ser sincero al decir que sus púas no son filosas. Todo mentira. Si no fueran filosas, ya se lo hubiera comido algún animal más grande, y dudo que haya tenido tanta suerte de pasar desapercibido tanto tiempo… por las dudas, mejor desconfiar, y pasar el invierno solo.
Alguna solución debe haber. Pensándolo un poco mejor, quizás estando a una distancia prudente aún así pueda disfrutar del calor y comfort que tiene para ofrecer el nuevo erizo friolento con ganas de acurrucarse cerca nuestro. Lo dejamos acercarse un poco, el frío sigue. Un poco más. Otro poquito… bueno, hasta ahí, basta. La paranoia de que nos pueda lastimar se apodera de nuestros pensamientos y lo mandamos lejos. El pobre erizo tenía frío también, y no tenía intenciones de lastimarnos, pero por las dudas lo mandamos a mudar.
Las intenciones no cuentan, porque al fin y al cabo, si nos acercamos mucho terminamos lastimados. Tanta cicatriz termina formando una coraza que nos termina volviendo duros y cautelosos, al punto tal que a veces cuando todo va bien, asustados por habernos descuidado, mandamos a mudar al nuevo puercoespín. Llegará otro, quizás, o no… no importa, de todas formas ya nos estamos acostumbrando al frío, al punto tal que quizás por momentos nos olvidamos que somos animales sociables y que tanta introversión no vale la pena, porque hace mucho que las púas ajenas no nos rozan siquiera. El frío no pega tan fuerte si tenemos buen calor interno, no? Quizás no necesitamos el calor ajeno… está bueno pasar frío por un rato.
Ya entendí. Todo no se puede, y si se quiere todo, hay que correr el riesgo. No me conforma. Lo peor del caso es que todos lo sabemos, entonces los demás también están mirando de reojo que ninguna espina rebelde sobresalga tanto como para molestarlos, y antes de salir lastimados se alejan. Va a ser un invierno frío. Es difícil ser un erizo, y saber que podemos lastimar tan fácil solamente acercándonos. Cuesta mucho darnos cuenta que a pesar de estar llenos de púas, debajo de eso somos blanditos y susceptibles.
Por momentos, ni interesa el frío y ya no duelen las púas. Lo que más duele es el miedo de la gente a sentir calor. Todos quieren calor, pero algunos cuando se empiezan a poner cómodos salen corriendo. Relacionan el calor con la posibilidad de salir lastimados, cuando en realidad, no tendría porqué haber relación entre una cosa y la otra… ¿tanto cuesta disfrutar un rato del calor sin hacerse tanto problema por la espina del de al lado? ¿Es tan difícil dejar que el resto se acerque? Evidentemente, cuesta. Mucho.
Hace un tiempo, leí una analogía de las relaciones interpersonales de los humanos, planteando el dilema que tienen los erizos al pasar frío. En esta situación, instintivamente, buscan acercarse al resto para darse calor mutuamente, pero olvidan que también al hacerlo pueden lastimar a los demás (o salir lastimados ellos mismos, claro). Sus opciones son limitadas: pueden pasar frío, lejos de los demás pero sin ser lastimados, o bien pueden intentar acercarse buscando calor a riesgo de terminar lastimados. Pase lo que pase, el erizo se queda con un sabor agridulce, ya que no tiene ni una cosa ni la otra.
No me gustan esas situaciones. Odio los dilemas. Básicamente, no puedo aceptar que pueda haber un problema donde ninguna de las opciones de las que dispongo me satisfaga. Cuando llego a tener este tipo de problemas no sé qué hacer, ya que la estructura de mi mente perfeccionista no se lleva bien con un problema no resuelto, y muchísimo menos, con uno por resolver donde las soluciones no me gustan. Me la juego, yo quiero calor sin lastimarme… después veo cómo me curo, pero frío no me gusta pasar. Prefiero haber intentado pasar calor, que morirme de frío y con la duda.
Muchas veces, llegar a conocer a una persona se trata de esto. Todos queremos calor en algún punto, pero nadie quiere salir lastimado, por lo que lo mejor es no acercarse. Pensamos las cosas mil veces. Si en algún descuido algún erizo valiente se ofrece a hacernos compañía, lo pensamos dos veces, porque ya tuvimos frío antes y nos lastimaron. El nuevo erizo parece bueno, y hasta aparenta ser sincero al decir que sus púas no son filosas. Todo mentira. Si no fueran filosas, ya se lo hubiera comido algún animal más grande, y dudo que haya tenido tanta suerte de pasar desapercibido tanto tiempo… por las dudas, mejor desconfiar, y pasar el invierno solo.
Alguna solución debe haber. Pensándolo un poco mejor, quizás estando a una distancia prudente aún así pueda disfrutar del calor y comfort que tiene para ofrecer el nuevo erizo friolento con ganas de acurrucarse cerca nuestro. Lo dejamos acercarse un poco, el frío sigue. Un poco más. Otro poquito… bueno, hasta ahí, basta. La paranoia de que nos pueda lastimar se apodera de nuestros pensamientos y lo mandamos lejos. El pobre erizo tenía frío también, y no tenía intenciones de lastimarnos, pero por las dudas lo mandamos a mudar.
Las intenciones no cuentan, porque al fin y al cabo, si nos acercamos mucho terminamos lastimados. Tanta cicatriz termina formando una coraza que nos termina volviendo duros y cautelosos, al punto tal que a veces cuando todo va bien, asustados por habernos descuidado, mandamos a mudar al nuevo puercoespín. Llegará otro, quizás, o no… no importa, de todas formas ya nos estamos acostumbrando al frío, al punto tal que quizás por momentos nos olvidamos que somos animales sociables y que tanta introversión no vale la pena, porque hace mucho que las púas ajenas no nos rozan siquiera. El frío no pega tan fuerte si tenemos buen calor interno, no? Quizás no necesitamos el calor ajeno… está bueno pasar frío por un rato.
Ya entendí. Todo no se puede, y si se quiere todo, hay que correr el riesgo. No me conforma. Lo peor del caso es que todos lo sabemos, entonces los demás también están mirando de reojo que ninguna espina rebelde sobresalga tanto como para molestarlos, y antes de salir lastimados se alejan. Va a ser un invierno frío. Es difícil ser un erizo, y saber que podemos lastimar tan fácil solamente acercándonos. Cuesta mucho darnos cuenta que a pesar de estar llenos de púas, debajo de eso somos blanditos y susceptibles.
Por momentos, ni interesa el frío y ya no duelen las púas. Lo que más duele es el miedo de la gente a sentir calor. Todos quieren calor, pero algunos cuando se empiezan a poner cómodos salen corriendo. Relacionan el calor con la posibilidad de salir lastimados, cuando en realidad, no tendría porqué haber relación entre una cosa y la otra… ¿tanto cuesta disfrutar un rato del calor sin hacerse tanto problema por la espina del de al lado? ¿Es tan difícil dejar que el resto se acerque? Evidentemente, cuesta. Mucho.
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