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26 sept 2010

Don´t look back in anger

La excusa para que fuera a su casa era juntarnos a estudiar. Ni hacía falta que nos juntáramos, es más, yo ya había rendido bien la materia, y justamente esa era la causa por la que iba a ir a darle una mano con el estudio. Me tomé el 98 y casi una hora después, estaba en un recóndito y desconocido (al menos para mí) lugar de zona sur, intentando localizar mi destino. Una vez ahí, hicimos de todo menos estudiar: salimos a dar una vuelta, compramos un par de cosas y hasta recuerdo que inesperadamente me vacuné contra la rubeola en un puestito sanitario en la calle. Claro, todo era más divertido que estudiar, especialmente para mí que realmente no lo necesitaba…

Lo más divertido de la tarde fue una guerra de agua y jabón que empezó de la nada. Con una esponja, jabón, detergente y un cepillo como armas terminamos inevitablemente enchastrados. Me encantaban esas cosas, y con ella la pasaba siempre bien. La química que había se notaba a distancia (o al menos, eso decían todos los que nos conocían). Teníamos demasiada confianza para lo que realmente éramos: simplemente compañeros de facultad, que sabían que se tenían ganas, pero siempre se postergaba que pasara algo. Quizás ese hecho de que sabíamos que en algún momento iba a pasar, pero ninguno de los dos quería hacerse cargo, lo hacía aún más emocionante y divertido.

Vale decir que el "pequeño detalle" de que ella tenía novio influía bastante en nuestra situación, especialmente considerando lo estructurado que soy y lo mucho que me cuestan esas cosas. Sin embargo, por momentos me olvidaba de eso y me dejaba llevar un poco en la vorágine de esa amistad confusa que ambos sabíamos que tarde o temprano iba a terminar en desastre. En realidad, con el novio tenía una relación rara, donde su situación era una mezcla de “tengo miedo” y “a esta altura, estoy por estar” con una buena dosis de “no puedo estar sola”. Por mi parte, no quería problemas, y era muchísimo más cómodo esperar a que su relación terminara por decantación, para que yo tuviera libertad de hacer lo que quisiera sin culpas, remordimientos ni limitación alguna.

Toda estructura tiene un punto flojo, y toda regla tiene su excepción. Yo no quería engancharme, y mucho menos, siendo consciente de estos detalles. Fue inevitable... en su casa tenía un piano grande, muy lindo. Le pregunté si sabía tocar, y me dijo que sabía muy poco, que había aprendido de chiquita, pero casi ni se acordaba. Obviamente, quise que tocara algo… se resistió un poco, pero al final accedió. Hasta canchereó preguntándome qué quería que tocara, pero yo no tenía muchas pretensiones, simplemente matar mi curiosidad de ver como tocaba. Finalmente eligió ella, “Don´t look back in anger” de Oasis. Ese tema me encanta, y creo que me gusta mucho más después que la escuché tocarlo mientras cantaba.

Quizás si lo veía y escuchaba cualquier otro, diría que no era nada del otro mundo, pero a mí me puso la piel de gallina y me revolvió la panza, al punto tal que me dijo que la acompañara cantando pero ni siquiera podía hablar para decir algo coherente para excusarme. Ahí se cayó toda mi estructura, haciendo la excepción a la regla. En ese momento me di cuenta que esa mina me encantaba más de lo que pensaba, y que iba a ser un dolor de cabeza la situación: en un mes me tocaba irme a Estados Unidos por un largo tiempo, y claro está, también ella tenía novio. Ambas situaciones tenían tiempo de caducidad, y curiosamente, se dieron juntas: ella cortó son su novio en el mismo momento que yo me subía al avión, mientras leía su carta que decía claramente “no leer hasta no estar volando”.



20 sept 2010

Diablita

A veces arranco a contar historias o anécdotas sin arrancar por el principio. De ahora en más, voy a empezar a usar las etiquetas en el blog y empezar a escribir con algo de linealidad en mis relatos, para que de esta forma pueda continuar mis escritos sin hacer posts kilométricos que probablemente espanten a cualquier lector desprevenido. De paso, también voy a empezar a agregar nombres (no reales) como para poder ir siguiendo el hilo de todo. Cualquier similitud con la realidad, no es pura coincidencia. Están avisados…

Voy a arrancar contando el principio del principio (valga la redundancia) de lo último que conté (“manos frías”). Un día como cualquier otro, veo que me agrega una desconocida en facebook, por lo que como hacen casi todos, me puse a chusmear fotos. Lo primero que hacen casi todos los hombres (por más que pocos lo admitan) es ir a las fotos del verano a ver las fotos en malla… sisi, esas fotos donde no hay mucho que esconder. Salvo casos muy atípicos, no suelo aceptar gente que no conozco salvo que tenga gente en común o al menos sepa de su existencia física.

Retomando, me agregó, teniendo dos personas en común (de la facultad). Me bastaron un par de fotos para aceptarla, ya que me parecían muy interesantes… la gran mayoría tenían mucha producción encima, y se notaba que no eran fotos caseras. Es más, hubiera apostado a que eran fotos profesionales en su mayoría. Claramente, esta chica tenía que vivir de algo relacionado con eso, no podía ser un simple hobby. La curiosidad mató al gato. La acepté y la dejé ahí en “stand by” por meses, pasando a ser una más del montón de amigos virtuales de facebook.

Tres meses después, subió fotos nuevas, de alguna producción al azar. Chusmeé así al pasar, y ví que algunas eran en un lugar conocido… ¡Era mi facultad, la gloriosa facultad de derecho de la UBA! Era muy posible que estudiara conmigo, por la gente en común y por las fotos. Por las dudas, no vaya a ser cosa que me estuviera confundiendo de lugar, me puse a mirar más detalladamente las fotos. Detalladamente en serio… ¡al punto tal que descubrí que en una de sus fotos había una chica disfrazada de diablita que se veía muy a lo lejos! Eran fotos en serio, probablemente usadas para alguna publicidad gráfica o similar… ¿Cómo se las podía haber escapado un detalle así? Muy poco serio… Claro, nadie miraba el fondo, sino simplemente las piernas de la fotografiada.

Me animé, y le comenté la foto, contándole mi curioso descubrimiento. Ni siquiera esperaba una respuesta. De todas formas la tuve, y fue mucho más simpática de lo que suponía. Ahora sí que me daba más curiosidad ésta chica… no solamente era linda, sino que además era simpática y hasta me había agregado al facebook por alguna razón. Necesitaba saber un poco más, era inevitable. Así fue como intercambiamos MSN´s y empezamos a hablar. Fue instantáneo. Natubel era un amor. A los dos o tres días, ya moríamos de ganas de vernos.

Nuestro primer encuentro iba a ser simplemente que yo la acompañe al molesto martirio de tramitar el pasaporte, haciéndole realizar los trámites acompañada para que fuera levemente más tolerables. Le encantó la idea, por lo que fuimos a tramitar el pasaporte tal cual lo planeado… esa fue nuestra segunda “salida”. La primera, fue la del McDonald´s del centro, que se alargó hasta la noche donde tenía las manos frías… el resto, es una historia demasiado larga como para contar en este post.

14 sept 2010

Manos frías

Una casualidad fue llevando a la otra, hasta que quedamos en encontrarnos en un McDonald´s sobre una peatonal del microcentro. Ella tenía que hacer tiempo mientras repasaba las líneas de una obra de teatro importante que ensayaba más tarde, yo tenía un hueco en mi mediodía/tarde y andaba por la zona. Llegué a las corridas, saltando los charcos dejados por el día lluvioso. Me esperaba sentada en una mesa, apenas subiendo las escaleras. La ví, e instantáneamente tuve esa sensación de que iba a ser un encuentro muy interesante. El tiempo me hizo ver que esa sensación se quedaba corta…

Recuerdo que ese día tenía unos ojos gigantes, llenos de brillo. Si fuera un poco más ganso, diría que eran como dos luceros que alumbraban mi camino… pero soy solamente un poco ganso, así que me limito a decir que me llamaron muchísimo la atención. Su sonrisa era casi medida, a tal punto que sabía exactamente cómo usarla para comprarse a quien quisiera. Tan medida era, que al rato de hablar me confesó que desde chiquita había pasado horas practicándola frente al espejo, porque de grande quería llegar a ser alguien importante y la sonrisa iba a ser fundamental (y vale decir, que el resultado valía la pena, porque estaba milimétricamente perfeccionada).

La charla se dio como si nos conociéramos hace mucho tiempo, llegando a formar una confianza extrañamente placentera, al punto tal que casi sin siquiera mencionarlo la terminé acompañando hasta la noche. Habíamos pasado horas juntos, pero nos parecía solamente un ratito, quedándonos con ganas de más en todo momento. Era como un vicio, un impulso que no se podía frenar, que se generó velozmente sin buscarlo. Sin darme cuenta, ya era una pequeña parte de su vida, y casi sin quererlo, ella también de la mía. Me encantaba su actitud, las ganas que le ponía a todo, y cómo no disimulaba cuando realmente quería algo. El mediodía lluvioso se había transformado en una noche fría, y ya era hora de volver a casa.

En un momento me toca el brazo, con las manos congeladas, a lo que instintivamente le dije “tenés las manos frías”. Su respuesta simplemente fue “dicen que a manos frías, amor de un día”, mientras me miraba fijamente. Jamás lo había escuchado antes, pero me quedó grabado, vaya uno a saber por qué. Después de saludarla, mientras volvía a casa me quedé pensando en eso de amor de un día… ¿Amor de un día? Qué raro, para mí parecía como que daba para largo. Por suerte, a ella le pareció lo mismo… No me equivoqué.



13 sept 2010

Cruzados

Por momentos se tornaba incómodo andar con ella. Una vez, en un trayecto de veinte cuadras que caminamos juntos, le tocaron bocina cuatro veces, dos autos pasaron excesivamente lento nada más que para mirarla sacando la cabeza por la ventana, una multitud se dio vuelta disimuladamente para apreciarla y hasta un loco incluso tuvo el coraje de venir a decirme "con todo respeto, tu chica es muy linda", mientras me daba la mano como felicitándome. Ella ni se inmutaba... es más, creo que ni debía ser del todo consciente de todo lo que generaba.

Lo curioso del caso, es que andaba de jeans y zapatillas. No tenía un escote pronunciado, ni tacos llamativos, ni pollera corta. Nada. Dicho así, hasta uno podría pensar que era más de un montón, pero no lo era. A su caminata le sobraba elegancia, se movía como si estuviera en un desfile de alta costura, pero con la naturalidad con la que cualquier otra va a comprar el diario a la esquina.

Un día como cualquier otro, estábamos caminando por ahí (con todo lo que eso generaba alrededor) hasta que ví en la distancia una cara conocida. Sí, más que conocida, diría que en algún momento había sido demasiado cercana, por no decir íntima... y venía acompañada. Me vio, la vi. No había más chances de hacernos los tontos, nos vimos al mismo tiempo. Nos cruzamos, pero ni me miró. Yo hice lo mismo... ni un hola, ni un gesto, nada.

Pasó. Momento raro, pero pasó por al lado mío como si no fuera ella la que tiempo atrás me daba besos y abrazos que me dejaban sin aliento. En ese momento, fuimos dos fantasmas, y ni siquiera atiné a mirar para atrás al pasar (ni sé si ella hizo lo mismo tampoco). Segundos después, quién me acompañaba me dijo "¿qué le pasa a esa chica que me miró así? no sé, como con bronca, algo". "Vaya uno a saber..." fueron las palabras que pude decir, y seguí caminando como si nada, esperando el próximo bocinazo mientras a escondidas esbozaba una sonrisita pícara.



5 jul 2010

Te miro, no te miro...

No soy fácil, en general necesito que la gente me demuestre con sus actos que es especial para que yo me sienta cómodo, me libere un poco y me acerque más. Esta quizás es la causa por la cual suelo pensar mucho (a veces demasiado) las cosas, pero sin embargo esta vez, quien sabe por qué, me sentía diferente. El sentimiento era raro, ya que no había hecho más que leerla y sin embargo aún así estaba seguro que me gustaba. Sin darme cuenta se había vuelto una adicción, y desde la primer palabra que cruzamos sentí que necesitaba cada vez un poquitito más.

La llamé. Tenía todas las ganas de verla, para darme cuenta que no estaba tan loco por pensar que una persona que ni conocía podía ser especial. Si, especial, de esas que se cuentan con los dedos de una mano. Propuse encontrarnos en un bar por su barrio, ya que nos quedaba cómodo a ambos, pero ella no estaba tan segura como yo. Supongo que, en el fondo, no se debía sentir tan diferente a mí, y a pesar de la curiosidad y las ganas de vernos también se sentía rara la situación. Finalmente, después de un poco de insistencia bastante atípica en mí, accedió a encontrarnos.

No sabía qué podía esperar, pero sabía que si la charla en persona llegaba a ser la mitad que lo que era por escrito, yo estaba feliz. Llegué puntual donde nos íbamos a encontrar, pero ella iba a llegar un poco tarde. No había problema, hacía días que estaba esperando verla, no me iban a matar unos minutos más o menos. Miré para un costado y la vi venir. Me bastó un segundo reconocerla, e incluso distinguir a la distancia que caminaba con unos tacos considerables. Vaya uno a saber porqué, el impulso pudo más y como si fuera un nene chiquito no pude seguir mirando. Hacía años que no me ponía nervioso la presencia de una mujer…

Como si nada hubiera pasado, la saludé y me puse a hablar como si la conociera de toda la vida. Me di cuenta rápido que era una chica bastante tímida, y para el deleite de mis ojos, parte de su timidez la demostraba sonriendo casi sin interrupción. Si no fuera por el hecho de que tiene una sonrisa que enamora, quizás ni me hubiera dado cuenta de esos detalles, ya que con lo bien que la pasaba probablemente no hubiera tenido ni tiempo de prestarles atención. Imagino que ella también la habrá pasado bien, ya que además de la sonrisa, también se terminó yendo más tarde de lo que pensaba.

La acompañé hasta lo de una amiga y volví contento a casa al darme cuenta que tan loco no estaba, esta chica definitivamente era especial. Lo verdaderamente loco, quizás, era considerarla especial sin siquiera haberle dado un beso. Sabiendo todo esto, no me parece tan irrisorio ponerme nervioso al verla, pero me cuesta admitirlo. Al otro día, me comentó así como al pasar que no la había reconocido al venir. No supe bien qué responder, y desvié un poco el tema, pero creo que jamás hubiera admitido fácilmente que me habían temblado un poco las patitas al verla, y no me quedó otra que mirar para otro lado.

Cuando juego, en los amistosos soy el goleador, con lujos y magia. Me sirve a mí para subir mi ego, y para darle que hablar a mis amigos. Cuando juego en serio, en una final, me pesa la camiseta desde el momento que sé que no es un partido más del montón. En este caso me pasa lo mismo, y soy demasiado orgulloso para admitir que, a veces, todavía me pasan estas cosas. Mejor dicho, soy demasiado orgulloso para admitir que, incluso sin conocerla demasiado, desde el hola ya me tenía en el bolsillo y con ella jamás sentí que jugaba amistoso, y mucho menos hubiera querido tirar un lujo innecesario.

28 jun 2010

Stop the world, I wanna get off

Teléfono. Del otro lado se escuchaba una voz que podía reconocer fácilmente, con la diferencia de que no sonaba como estaba acostumbrado. Se sentía como ahogada y sus palabras estaban más cerca de parecer un llanto que de formar oraciones entendibles. A duras penas podía decodificar algunas palabras, entre las que interpretaba que estaba muy mal y que me necesitaba, urgente. Esa era toda la información que tenía, ya que no podía entender lo que me quería decir y antes de darme cuenta, corta. Pruebo llamarla nuevamente, pero no atiende. No tenía otra forma de contactarla.

Salí corriendo de casa. Literalmente corriendo, ya que era de noche y no tenía tiempo de esperar ningún taxi o colectivo, y esas cerca de veinte cuadras que separaban mi casa de la suya de repente se hacían eternas en la desesperación por llegar lo antes posible. Toqué el timbre, me hicieron pasar sin problemas ya que en esa época pasaba más tiempo ahí que en mi propia casa, pero era la primera vez que llegaba súbitamente de noche y sin aviso. Evidentemente, algo había pasado, pero nadie estaba al tanto. Subo las escaleras para ir a buscarla, ya que suponía que iba a estar en su cuarto, pero en el camino la encuentro tirada en el medio de uno de los pasillos interiores… La imagen era demasiado fuerte como para ser real. No reaccionaba.

La nena se había tomado un cóctel de medicamentos, incluyendo muchos valium. Obviamente, no los había tomado por equivocación. Gritos, preguntas, culpas, llanto… Mucho huevo en la garganta y frases trilladas relacionadas con “vas a estar bien”, pero estaba a la vista que no estaba nada bien (es más, ni siquiera sabíamos si nos escuchaba). No sé cuánto habrá tardado en llegar la ambulancia, pero a mí me parecieron siglos. Lo único que se cruzaba por mi cabeza era desear que no fuera demasiado tarde. Aparentemente, yo no había sido al único a quien ella le había pedido ayuda: un amigo suyo también llegó más o menos cuando vino la ambulancia, y vaya uno a saber a cuanta gente más le habrá pedido sutilmente ayuda también (pero jamás aparecieron).

Hospital. Nadie decía nada, pero las caras de preocupación decían todo. Con el correr de los meses, se había transformado en una parte muy importante de mi vida como para siquiera considerar el hecho de que le pasara algo, pero lo que realmente me aterrorizaba era la idea de perderla. El simple hecho de separarnos por un rato por momentos se tornaba una eternidad, por lo que era impensable la idea de que no estuviera más, para siempre. Por suerte habíamos llegado a tiempo. Parecía que la nena iba a estar bien, lo cual me dejaba levemente más tranquilo. Vaya uno a saber qué hubiera pasado si no hubiera salido de casa a buscarla…

Iba a estar bien. Bien. Bien es relativo a veces. Bien, para el resto, era que pudiera contar la historia después, pero realmente ella no estaba bien. La historia la iba a poder contar, pero los días siguientes no quería siquiera salir de su cuarto salvo ocasiones que lo ameritasen, llegando al punto que más de una vez la madre llegó a llamarme por por teléfono para que la convenciera de salir de su cuarto para comer o bañarse. La carga de ser “la única persona a la que quería ver” era, de repente, una mochila muy pesada de cargar, incluso en el caso de que solamente quisiera llamar la atención. Afortunadamente para ella, la quería demasiado como para no hacerme cargo de lo que necesitaba.

Con el correr de los días, a simple vista uno podía ver sus brazos con pequeñas cicatrices de cortes. Ninguna era considerable o lo suficientemente profunda como para considerarla una herida, pero esos raspones de todas formas eran una clara muestra de su protesta en contra de la vida y su pedido a gritos de atención, que para su suerte, la mayoría de su gente cercana le podíamos brindar. Con un cutter en la cartera siempre listo, no tenía inconvenientes en amenazar con cortarse los brazos si no se hacía o decía lo que ella quería.

Por momentos, el aire de su habitación se hacía impenetrable, era demasiada la tensión para un solo lugar. La nena lentamente dejaba las malas costumbres de lastimarse, para empezar de a poco a estar mejor. Era algo impulsivo y esporádico, algo momentáneo que no se iba a extender en el tiempo (o al menos, eso creía su psicóloga, considerándolo simplemente un “acting out” para desviar la atención de todos hacia ella). Todos pensaban en las secuelas que eso podía acarrearle más adelante, esperando que estuviera bien. Lamentablemente, nadie pensó en las secuelas que podía tener todo esto en mí a futuro, y lo que es aún peor, es el día de hoy que creo que nadie siquiera atinó a preguntármelo... y sin embargo, mucho tiempo después, es el día de hoy que todavía por momentos se siente.

26 jun 2010

Compulsión por tocarnos

No nos importaba nada. De hecho, tan poco nos importaba, que por momentos nos olvidábamos que el amor es ciego, pero no los vecinos. Siempre tuvimos algo especial, eso que es difícil de conseguir con la mayoría de la gente. Algunos lo llaman química, pero esto era algo diferente. Yo prefiero reconocer que más bien era compulsión por tocarnos. Era inevitable que al vernos no pudiéramos parar de hacerlo, sin que nos importara nada más. Besos, abrazos, lo que fuera y donde fuera… lo importante era estar cerca. A veces pasábamos horas y horas haciendo simplemente eso, sin aburrirnos, y siempre queriendo un poquito más, lo que hacía más larga la despedida que terminaba prolongándose por horas cuando realmente se solucionaba con un simple “nos vemos mañana”.

El lugar era lo de menos, lo importante era estar juntos y reconocer que no podíamos despegarnos ni un segundo. Más de una vez perdíamos la noción del tiempo... ¿Ya son las 7 y media? En cinco minutos llega, y nosotros corriendo por toda la casa en busca del pantalón que revoleamos en la cocina y la malparida bombacha que quedó justo en el rincón más alejado de debajo de la cama. Es más, todavía no sé como eso de salir apurados, vos con el pelo revuelto y dos botones sin abrochar, y yo con una media menos, jamás nos delató. Algún día el vicio nos iba a costar caro. Era más fuerte que nosotros, no lo podíamos evitar. El deseo por el contacto físico no entendía razones ni tomaba conciencia de tiempos ni espacios.

Más de una vez hemos hecho locuras por esta adicción que nos teníamos mutuamente. Todavía me acuerdo esa tarde que te pasé a buscar, y me dijiste que el día anterior se había sentado detrás nuestro en el colectivo una chica que trabajaba enfrente tuyo. Nosotros jamás nos dimos cuenta de su presencia, pero claramente ella sí de la nuestra, ya que recordaba con lujo de detalles cómo yo te daba algún beso disimulado en el brazo (ya que claramente no daba chapar cual adolescentes en celo en el medio del bondi) hasta que te lo mordía con fuerza, en esas ganas incontrolables de tocarte y tenerte cerca.

Llanto. Tu reacción solía consistir de una mini escena donde llorabas, siendo el centro de atención mientras el resto de los pasajeros miraban asombrados, hasta que estallabas de risa. Nadie entendía nada, siempre fuiste demasiado buena actriz como para que alguien sospechara lo contrario. Eso sí, la segunda y la tercera ya nadie te creía, pero aún así yo te mordía sin razón y vos repetías el plan. Nos divertíamos a nuestra manera, lo que nos rodeaba no nos afectaba… y creo que tan mal no nos iba, ya que la chica que nos miraba no dudó en decirte después de vernos que envidiaba la relación que teníamos, y que ojalá ella con su novio tuviera al menos un poquito de esa conexión que teníamos nosotros.

Jamás fue perfecto, pero nos entendíamos bien. Vos con tus mambos, yo con los míos… siempre nos la rebuscábamos para que saliera bien. Hemos hecho cada locura que ni siquiera jugando al “yo nunca”, completamente borracho, me animaría a contarle a mis amigos. Por momentos sentía como si nuestros cuerpos hablaran al tocarse, complementándose a la perfección de forma armoniosa, casi al punto de sospechar que te habían hecho exactamente a mi medida en todo sentido. Las conversaciones de nuestros cuerpos eran geniales, pero el único problema que teníamos era que nuestras conversaciones con palabras lamentablemente, con el correr del tiempo, no estaban ni cerca de ser la sombra de lo que nuestros cuerpos se transmitían mutuamente en esos momentos…

22 jun 2010

Caminando de la mano

Podía sonar cruel, pero se lo tenía que decir. Tranquilamente podía haberme hecho el tonto y disfrutar, pero no, tuve que hablar. Le dije claramente que tenía un problema con llevar a las chicas de la mano, salvo que realmente me gustara o que la relación estuviera a otro nivel. Decir esto, seguido de no llevar a la chica en cuestión de la mano, es como decir indirectamente “no me importás lo suficiente”. Se lo dije igual. Ella no hizo demasiado problema, ya que al fin y al cabo, yo era simplemente su distracción en la facultad, por lo que no entrar en el selecto grupo de chicas que tienen esos beneficios no era algo importante en su mente, y con el tiempo lo fue olvidando.

Después de muchas idas y vueltas, no dio para más (si es que en algún momento dio para algo), por lo que simplemente nos limitamos a seguir cursando juntos y saludarnos educadamente cada vez que nos veíamos. Era una materia nueva, ella tenía su nuevo grupo de amigos y yo el mío, aunque aún así siempre nos sentábamos rebuscadamente al alcance del otro. A pesar de toda la histeria, en el fondo nos queríamos cerca (pero no tanto, ya que sino la hubiera llevado de la mano en algún momento), pero ya era tiempo para mí de buscar nuevos horizontes ya que eso no daba para más.

Rubia, simpática, querible… nueva. Era tan simple y común que eso la hacía diferente al resto. La nueva compañerita me gustaba, y por suerte, no compartíamos el curso con la vieja. Era ideal para despejarme, con ella tenía todas las de ganar. El único detalle en contra era que su novio probablemente no estaría tan de acuerdo conmigo. Le fui totalmente sincero, y le conté que hasta hacía poco me gustaba otra chica de la facultad, pero ya no pasaba nada. No hizo ningún problema (ni pienso que hubiera sido tan caradura de hacerlo sabiendo que tenía novio). Era el crimen perfecto…

La nueva me gustaba. Aún así, mi manía contra el tema de ir de la manito era más fuerte. Se lo dije sinceramente, y le causó gracia pero lo aceptó tranquilamente, finalmente accediendo a ir a comer algo después de la facultad. No buscábamos demasiado en la salida, simplemente teníamos como objetivo conocernos un poco más. La pasamos bien, recorrimos las ferias de Plaza Francia y volvimos a la facultad. No sé porqué volvimos, quizás simplemente porque realmente a mí me encanta. Esas escaleras eternas con gigantes columnas imponentes hacen que vuelva siempre con una sonrisa en la cara, aunque, claro, esta vez estaba con ella, y decidimos hacernos los aventureros en el intento de subir por el pastito de la colinita empinada del costado en vez de por donde corresponde.

Había llovido el día anterior y patinaba bastante, lo que daba aún más adrenalina a la mini-odisea que nos proponíamos cumplir. Siempre me encantó disfrutar estas pavadas, y más si es acompañado. Tomamos impulso… ¡uno, dos, y arriba!. Arriba yo, porque ella se quedó abajo. Entre risas, me dijo que hiciera una excepción y la ayudara a subir. Claramente, a caballito no la iba a alzar, por lo que no me quedaba otra que subirla de la mano. Lo pensé un poco, y sabiendo bien el contexto de la situación, no había problema. Mi problema no era ir de la mano en sí, sino todo lo que eso representa en mi cabeza.

La subida venía bien, sin mayores sobresaltos (ni que debiera haberlos, todos sabemos que es una pavada esto que nos proponíamos). A lo lejos escucho unas risas conocidas: la vieja y sus amigas no tenían nada más interesante que hacer que pasear por la facultad en el turno que no cursaban, y observar como el idiota de su compañero intentaba subir por el pastito… acompañado por una chica… ¡y de la mano!. No estaba haciendo nada fuera de lugar, no tenía que rendirle cuentas a nadie, pero instintivamente solté a la nueva que casi se pega un porrazo de aquellos. Era tarde, la vieja me había visto, y la nueva refunfuñaba debido a que casi le sale cara la odisea, todo por mi culpa.

Al otro día, la vieja me mató a preguntas sobre quién era la chica, y por qué ibamos de la mano. La historia era poco creíble, pero era auténtica. Jamás me creyó, era obvio para ella que la historia de la manito era inventada, o bien que la nueva era lo suficientemente importante en mi vida como para ser la excepción que ella jamás llegó a ser. La nueva, en cambio, me preguntó enojada por qué la había soltado, y también le conté la verdad. En realidad, la había soltado simplemente por instinto y sin pensar al momento de ver a la otra, así como cuando alguien se quema saca la mano del fuego. No me creyó tampoco, ni valoró mi sinceridad.

Uno de mis peores defectos es que con estas cosas no puedo mentir, ya que no puedo soportar que alguien me diga “me mentiste” cuando se dan cuenta debido a esa estúpida necesidad que tengo de hacer las cosas bien para quedarme siempre tranquilo mentalmente. Yo sé que hice las cosas bien, por más que suene armado lo que cuento. Que se jodan. Quizás las siga viendo, no importa, pero que se jodan… ahora no hay mano para ninguna de las dos.