26 jun 2010

Compulsión por tocarnos

No nos importaba nada. De hecho, tan poco nos importaba, que por momentos nos olvidábamos que el amor es ciego, pero no los vecinos. Siempre tuvimos algo especial, eso que es difícil de conseguir con la mayoría de la gente. Algunos lo llaman química, pero esto era algo diferente. Yo prefiero reconocer que más bien era compulsión por tocarnos. Era inevitable que al vernos no pudiéramos parar de hacerlo, sin que nos importara nada más. Besos, abrazos, lo que fuera y donde fuera… lo importante era estar cerca. A veces pasábamos horas y horas haciendo simplemente eso, sin aburrirnos, y siempre queriendo un poquito más, lo que hacía más larga la despedida que terminaba prolongándose por horas cuando realmente se solucionaba con un simple “nos vemos mañana”.

El lugar era lo de menos, lo importante era estar juntos y reconocer que no podíamos despegarnos ni un segundo. Más de una vez perdíamos la noción del tiempo... ¿Ya son las 7 y media? En cinco minutos llega, y nosotros corriendo por toda la casa en busca del pantalón que revoleamos en la cocina y la malparida bombacha que quedó justo en el rincón más alejado de debajo de la cama. Es más, todavía no sé como eso de salir apurados, vos con el pelo revuelto y dos botones sin abrochar, y yo con una media menos, jamás nos delató. Algún día el vicio nos iba a costar caro. Era más fuerte que nosotros, no lo podíamos evitar. El deseo por el contacto físico no entendía razones ni tomaba conciencia de tiempos ni espacios.

Más de una vez hemos hecho locuras por esta adicción que nos teníamos mutuamente. Todavía me acuerdo esa tarde que te pasé a buscar, y me dijiste que el día anterior se había sentado detrás nuestro en el colectivo una chica que trabajaba enfrente tuyo. Nosotros jamás nos dimos cuenta de su presencia, pero claramente ella sí de la nuestra, ya que recordaba con lujo de detalles cómo yo te daba algún beso disimulado en el brazo (ya que claramente no daba chapar cual adolescentes en celo en el medio del bondi) hasta que te lo mordía con fuerza, en esas ganas incontrolables de tocarte y tenerte cerca.

Llanto. Tu reacción solía consistir de una mini escena donde llorabas, siendo el centro de atención mientras el resto de los pasajeros miraban asombrados, hasta que estallabas de risa. Nadie entendía nada, siempre fuiste demasiado buena actriz como para que alguien sospechara lo contrario. Eso sí, la segunda y la tercera ya nadie te creía, pero aún así yo te mordía sin razón y vos repetías el plan. Nos divertíamos a nuestra manera, lo que nos rodeaba no nos afectaba… y creo que tan mal no nos iba, ya que la chica que nos miraba no dudó en decirte después de vernos que envidiaba la relación que teníamos, y que ojalá ella con su novio tuviera al menos un poquito de esa conexión que teníamos nosotros.

Jamás fue perfecto, pero nos entendíamos bien. Vos con tus mambos, yo con los míos… siempre nos la rebuscábamos para que saliera bien. Hemos hecho cada locura que ni siquiera jugando al “yo nunca”, completamente borracho, me animaría a contarle a mis amigos. Por momentos sentía como si nuestros cuerpos hablaran al tocarse, complementándose a la perfección de forma armoniosa, casi al punto de sospechar que te habían hecho exactamente a mi medida en todo sentido. Las conversaciones de nuestros cuerpos eran geniales, pero el único problema que teníamos era que nuestras conversaciones con palabras lamentablemente, con el correr del tiempo, no estaban ni cerca de ser la sombra de lo que nuestros cuerpos se transmitían mutuamente en esos momentos…

25 jun 2010

Helio

Hanta Virus fue el diagnóstico. Con 29 años, casado y con una hija, su futuro prometía algo más que cuatro días de vida. Su esposa, viuda a los 27, tuvo que poner su mayor voluntad para festejar el cumple de tres de la nena. Ya estaba todo arreglado, habían ido juntos hacía un mes a alquilar el pelotero. La fiesta fue un despilfarro de falsa alegría y la chiquita que no paraba de preguntar por el padre. "Está en el cielo, con Dios", le contestaba y se contestaba la mamá. Ahora, siempre que quieren sentirse más cerquita de él, van a la plaza juntas y tiran un globo de helio. Se acuestan a mirar, mientras sube y sube, hasta que desaparece. "Listo mamá, ya lo agarró".

Princesa Scarlatta
http://princesascarlatta.blogspot.com/2009/05/helio.html

24 jun 2010

Red Devil

Red Devil. Así le decían todos, por su color y lo malo que era. En su ambiente era bien conocido. Yo no sabía mucho de él, simplemente que me iba a venir a visitar con varios amigos, todos de nombres raros. Él era el más malo de todos, por más que todos me decían que no debía tenerle miedo. Me acuerdo que nuestro primer encuentro no le dí demasiada importancia, estaba jugando a la Playstation tirado en la cama, como si nada pasara. Todo el mundo estaba pendiente de mi reacción: mamá, papá, mis amigos… ¿Vas a comer, Nico? Obvio que voy a comer, má… no pasa nada, está todo bien, me siento bien. Al final no había sido tan difícil nuestro primer encuentro, me sentía bien en serio. Bien por mí, ya que me iba a tener que acostumbrar porque nos íbamos a tener que ver seguido.

Mamá y papá hablaban pestes de ellos, pero aún así sabían que en el fondo eran buenos, y hasta me recordaban que me iba a hacer bien verlos. Yo desconfiaba un poco, especialmente de Red Devil, ya que en general no daba la cara… dicen por ahí que le tenia miedo a la luz, que era fotosensible, y por eso se mostraba poco y nada en púlico. Yo pensé simplemente que era tímido, que le daba vergüenza todo lo que le hacía a los demás, pero para mí no era tanto problema, ya que seguía tirado en la cama entre Playstation y películas pochocleras.

Se fueron. Seguía bien. ¿Tanta expectativa para nada? ¿Por qué vinieron tantos amigos a visitarme? ¡Estoy bien! Ya pasó, ya se fueron, y cuando vuelvan ya los conozco y sé que no son tan malos, pero de todas formas todos me aconsejaban que me cuidara. Tenían razón, ya que me dejaron un regalo preparado para el día siguiente. Jamás me había sentido tan mal, transpiraba y tenía escalofríos en el cuerpo. Vómitos, nauseas, más vómitos. Hacía pis de todos colores. Ya era demasiado tarde.

Estuve así unos días, hasta que me puse bien. La próxima no iba a ser tan grave, y poco a poco llegaría el día que no los tendría que ver más. Según las malas lenguas, los veía por conveniencia, porque en el fondo me estaban haciendo un gran favor. Cuando me refiero a un gran favor, me refiero a uno grande en serio, de esos que dicen que son de vida o muerte, literalmente hablando. ¿Para tanto? Yo quiero seguir viendo películas, no me jodan, no tengo tiempo ni ganas para amigos por conveniencia y problemas graves. Lamentablemente, eso no lo elegía ni yo ni nadie cercano a mí.

En el fondo yo era bien consciente que era lo mejor para mí, por más que no me gustara, hasta que de repente empezaron a formar parte de mi vida. Sin que me diera cuenta, me alejaron de todo lo que quería: de mis amigos, de cualquier mujer que se acercara, e incluso de la facultad y el trabajo. No me dejaban ver a casi nadie, o como mucho, me dejaban un par de veces por mes, lo que no me gustaba nada. Tenía que aguantar, no quedaba otra.

Entre las muchas maldades que hacía Red Devil, una de las principales era lastimar al corazón… justo a mí, que vengo parche tras parche con el mío, me tenía que tocar tenerlo cerca. Tanto hablaban de él que tuve que empezar a investigar un poco más. Le pregunté a mi amigo google, y me enteré que Red Devil tenía tres amigos más, y uno más venía por las dudas (pero tenía la costumbre de no querer entrar con ellos, siempre llegaba un rato más tarde y no quería entrar por la misma puerta). También había uno más, que hacía poco se había agregado al grupo, y todos hablaban maravillas de él.

Investigando aprendí sus verdaderos nombres, y de lo que eran capaces. Me dio muchísimo miedo saberlo. Me enteré que Red Devil en verdad se llamaba Doxorrubicina, y era completamente tóxico para mi corazón. Era de un color rojo intenso, pero no se veía demasiado ya que venía envuelto en papel de aluminio porque no podía ver la luz hasta que hacía su trabajo. Sus amigos eran Ciclofosfamida, Vincristina y Prednisona, además del nuevo Rituximab (que por suerte vino con ellos). Todos ellos eran parte del cóctel de la muerte.

Entraban directamente en mi sangre, mientras que Metotrexato también los acompañaba por las dudas, pero entraba directamente en mi médula ósea (lo cual no era divertido en absoluto para mí, porque dolía demasiado). Mierda, qué nombres raros, con razón eran tan malos. A pesar que a simple vista me habían dejado sin pelo y me habían hecho ganar cerca de 20kg, por dentro me hacían mucho peor que lo que me hacían por fuera. De a poquito me estaban matando, literalmente, aunque lo peor de la cuestión es que si no me mataban ellos me iba a matar su enemigo Linfoma, popularmente conocido como “Cáncer”.

Cerca de un año duraron nuestros encuentros, entre idas y vueltas, con vómitos y náuseas dentro de mi nueva burbuja de existencia que resultaba ser mi cuarto. Mi vida de repente se tornó solitaria, sin actividades en absoluto, y hasta para salir a comprar el pan tenía que usar barbijo (aunque ni siquiera eso hacía). Sentirme mal era la regla, no la excepción. Vivía cansado. Cada segundo que podía disfrutar chateando o mirando la tele sin preocuparme por lo mal que me sentía se agradecía. Cada minuto que sobrevivía era una razón más para seguir adelante, incluso sabiendo que el pronóstico era muy poco alentador como para andar festejando esas pequeñeces.

Después de pelear mucho, Red Devil y su banda (que preferían ser llamados simplemente "quimioterapia) se salieron con la suya, corriendo a patadas a la innombrable lacra que me había hecho pasar por todo esto. Pobre, él no pensaba que por más que los doctores me habían dicho que mis probabilidades de supervivencia de ahí a unos años eran ínfimas, yo me iba a poner los guantes y salir al ring por más que era posible que perdiera por knock-out. La pelea fue durísima, perdí un par de dientes, ojo negro y ceja cortada.

La contienda se hizo eterna y duró más de lo que pensaba, pero lo importante era ganar, y cada encuentro con ellos estaba un poco más cerca de lograrlo.. Sin ellos no hubiera podido subir al ring siquiera, pero en definitiva, el que tira los golpes soy yo. Ellos eran simplemente mis guantes, y los guantes no pelean solos. No me quedaba otra que salir a ganar… cuando se trata de vida o muerte, así como cuando se trata de amor, todo vale.